La pedofilia; reflexiones sexológicas y médico-legales

Juan Carlos Romi 

Introducción

Uno de los problemas que acucian a la sociedad en la actualidad es el relacionado con el abuso sexual de menores. Esta manifestación sexual siempre existió en forma mas o menos oculta, quizás por el tabú cultural vigente. En los últimos años ha tomado un auge muy importante, probablemente motorizado por la mayor libertad de expresión, el menor temor a su exteriorización, la actualización de la legislación vigente o la promoción o divulgación periodística.

Las personas que de alguna manera estamos en contacto con estas conductas sexuales tenemos la obligación de reflexionar sobre los reales alcances de estas manifestaciones, ya que si bien es indudable que estos delitos existieron siempre y existen, no es menos cierto que observamos con cierta preocupación, el aprovechamiento peligroso que se hace de las mismos invocando como acontecidos hechos que en la realidad no ocurrieron como tales y que suelen ser respuestas a motivaciones ajenas a la real situación invocada. Así observamos con cierta frecuencia la presencia de falsas denuncias en búsqueda de beneficios secundarios, inducciones a menores a manifestar haber sido víctimas de abusos sexuales inexistentes, diagnósticos apresurados de profesionales, sobre todo en el área psíquica, por ineptitud técnica u otras razones subalternas, etcétera.

Por estas razones creemos necesario hacer una aproximación reflexiva al tema para desde el conocimiento científico, la experiencia y la responsabilidad asumamos con la mayor equidad posible el controvertido y a veces espinoso problema de dilucidar desde el punto de vista sexológico las implicancias médico legales que presenta las conductas pedofílicas.

Definiciones y conceptos generales

Recordemos que el término pedofilia fue acuñado en alemán por el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing (1840-1902), quien utilizó por primera vez la expresión Pädophilia erotica en su influyente libro Psychopathia Sexualis, publicado en 1886.

Una de las primeras controversias surgen entre los términos (para nosotros sinónimos) paidofilia y pedofilia.

La RAE recoge las dos variantes morfológicas, pedofilia y paidofilia. La raíz ped(o)-/paid(o)- ‘niño’ procede del griego paidós ‘niño’. Desde el punto de vista etimológico, es más correcta la primera, pues el diptongo griego ai se transcribe ae en latín y e en español. Sin embargo, quizás por razones de eufonía, la RAE prefiere la forma paido-, conservando el diptongo original griego. La forma paedofilia, que en ocasiones también se emplea, contiene la conservación del diptongo latino, y su uso puede estar influido por el inglés paedophilia.

La segunda controversia se establece entre los términos pedofilia y pederastia.

El diccionario de la Real Academia Española ha introducido en su última edición (2001) el término pedofilia, además de seguir registrando la palabra pederastia, para las que recoge las siguientes definiciones: a) Pedofilia. f. Atracción erótica o sexual que una persona adulta siente hacia niños o adolescentes, b) Pederastia. f. Abuso sexual cometido con niños.

Desde el punto de vista semántico, la distinción es clara: una cosa es sentir atracción erótica por los niños, y otra, abusar sexualmente de ellos. Así pues, la distinción surge entre la tendencia sexual (pedofilia) y la práctica abusiva -y además delictiva- (pederastia).

Algunos abusadores sexuales infantiles refieren ser pedófilos pero no pederastas, distinguiéndose así estos individuos entre tener la tendencia que los empuja a sentir atracción sexual por los niños (pedofilia) y las prácticas sexuales con menores (pederastia), conducta considerada delictiva según nuestro Código Penal. Al margen de la veracidad de la afirmación de los presuntos abusadores de que resistían sus impulsos, y de que sus palabras fueran o no un mero recurso jurídico empleado en su defensa para conseguir la absolución, hay que reconocer que, prescindiendo de estos casos concretos y a nivel general, la distinción entre la atracción sexual hacia los niños y los delito de abuso sexual de menores, nos parece oportuna.

En el primer caso, pues, estamos ante una tendencia psíquica, considerada como una parafilia por la sexología y la psiquiatría, mientras que en el segundo nos situamos ante una práctica, que además es delictiva según nuestra legislación. Pero debemos aclarar que, si el pedófilo de alguna manera establece un vínculo efectivo (acción) de aproximación o tocamiento erótico sobre un menor, esta conducta es delictiva, aunque no haya existido la violación, ya que el CP tipifica esta conducta como abuso sexual simple (ex abuso deshonesto) explicitado en el Art. 119 CP.

El error nace en confundir la simple atracción erótica sexual de un adulto por un menor, parafilia no concretada, con el accionar explícito de la tendencia, confusión que se acentúa por la utilización en nuestra lengua de dos términos diferentes para distinguir estos dos conceptos. Las palabras pedofilia y pederastia se emplean como sinónimos, para referirse tanto a la atracción sexual como al delito, al igual que pedófilo y pederasta.

En el lenguaje periodístico encontramos indistintamente el uso de pedofilia con el sentido de delito y con el significado de enfermedad; así, por ejemplo, se emplea el sintagma «acusar de pedofilia»; se habla de una «red de pedofilia» para designar una organización de personas dedicadas a la explotación sexual de menores; asimismo, la palabra aparece en ocasiones en enumeraciones junto a otras conductas delictivas.

Conviene tener presente que no toda persona pedófila tiene que haber cometido actos de abuso sexual infantil. Por tanto, no todos los pedófilos presentan conductas pedofílicas o son pederastas, esto es, delincuentes o explotadores sexuales.

En ocasiones, se distinguen tres tipos de trastornos según la edad de la persona que es objeto del deseo sexual: se emplea pedofilia para la atracción hacia niños en edad prepuberal, efebofilia (del griego ephebo ‘niño que ha entrado en la pubertad’) para referirse al deseo sexual hacia adolescentes, y nepiofilia (de nepion ‘infante’) para designar la atracción hacia niños lactantes o infantes.

Según el Manual de Diagnóstico de los Trastornos Mentales (DSM-IV) la pedofilia (F65.4) se encuentra dentro de la categoría de parafilias, ubicada dentro de la categorización mayor de “Trastornos sexuales y de la identidad sexual”.

La pedofilia se define como fantasías sexuales recurrentes y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos que implican actividad sexual con niños (13 años o menos) durante un período no inferior a los seis meses.

El manual indica que estas fantasías e impulsos sexuales provocan un malestar clínicamente significativo o un deterioro social, laboral o de otras áreas de la actividad del individuo. Distingue a su vez en el diagnóstico cuando se trata de una situación incestuosa, si es exclusivo (sólo atracción con niños), si es hacia varones, mujeres o por ambos sexos.

La definición del DSM-IV lleva implícita la concepción clásica, pero otras lecturas permiten pensar que esa definición resulta bastante acotada. Es posible ver conductas pedofílicas menos marcadas, y de otras personas que no sufren de un malestar significativo al respecto. Incluso se parte de esta situación para pensar otros aspectos relevantes, tal como puede ser la pregunta si es que se trata de cuestiones médico- biológicas o no. Por otra parte cabe la pregunta si es que este fenómeno se da principalmente en personas que está a cargo del cuidado de niños por lo que cabría la hipótesis según la cual el contacto permanente con niños favorecería la manifestación paidofílica.

Últimamente al actualizar la “Nomenclatura de las manifestaciones sexuales” que hemos publicado en la Revista Alcmeón N° 42, Año XIV, Vol. 11, N° 2 de abril de 2004, se ha expresado que dentro las perturbaciones sexuales cualitativas, con referencia a la configuración de la imagen de la pareja, según al “modo” de obtener placer erótico se encuentran las manifestaciones respecto a la edad del partenaire. Allí encontramos las “paradojas sexuales”, es decir, las manifestaciones erótico-sexuales entre personas de distintas generaciones (cronofilia). Así observamos con cierta frecuencia la paidofilia o pedofilia, el lolismo, la efebofilia y la gerontofilia.

La pedofilia es la actividad sexual con niños (del griego pais, paidos; niño). Es una de las pocas conductas sexuales consideradas delictivas, porque pueden generar un daño o psicotrauma en su formación o desarrollo sexual.

a pedofilia se trata de una preferencia sexual por los niños, normalmente de edad prepuberal o de la pubertad temprana. Algunos de los afectados sienten atracción únicamente por las niñas, otros únicamente por los niños y otros están interesados por ambos sexos.

La pedofilia se presenta raramente en mujeres. Los contactos entre adultos y adolescentes sexualmente maduros es algo socialmente reprobado, en especial si los que intervienen son del mismo sexo, pero esto no se acompaña necesariamente de pedofilia. Un incidente aislado, en especial si el que lo lleva a cabo es un adolescente, no es signo de la presencia de la tendencia persistente o predominante que se requiere para el diagnóstico. No obstante, entre los afectados de pedofilia, hay varones que manifiestan una preferencia por una relación de pareja sexual adulta, pero que debido a que hay reiteradas frustraciones en sus intentos de contactos adecuados, los han sustituido de manera habitual por niños. Los varones que abusan sexualmente de sus propios hijos prepuberales suelen abordar en ocasiones también a otros niños, pero en ninguno de estos casos hay nada más en su comportamiento que sugiera una pedofilia.

Por lo tanto, los pedófilos suelen ser predominantemente varones y frecuentemente de edad avanzada aunque no se descarta esta inclinación sexo-amorosa en las mujeres, y las víctimas tanto niños como niñas. Cuando se utiliza al o la menor como objeto pasivo de una cópula anal se denomina a esa acción pedicación.

El lolismo es la preferencia sexoerótica de varones maduros por adolescentes (niñas en su despertar puberal). El término se popularizó por la novela de Novikov “Lolita”. Se llama también hebefilia.

Se denomina corofilia (Hirschfeld) la inclinación de ciertas lesbianas maduras por niñas impúberes.

La efebofilia es la atracción sexual de una persona madura hacia adolescentes varones de 13 a 18 años.

La gerontofilia, es la atracción sexual de un varón joven por una mujer anciana (graofilia o anililagnia) o de una joven por un anciano. Puede ser una atracción sexoerótica hétero u homosexual. Muchas veces se observa que tal relación mas que una imposición libidinal tiene otras motivaciones como, por ejemplo las económicas.

Otros términos de interés que debemos recordar son: sodomía, pederastia y la pederosis.

La sodomía (de Sodoma, ciudad palestina a orillas del Mar Muerto) consiste en el sexo anal. La cópula anal puede ser heterosexual (anomeatia) u homosexual (androsomdomia). La sodomía se acepta que es el sexo anal entre varones y por extensión con animales (autores germánicos) con los que se tiene penetración (sodomización).

La pederastia (del griego paiderastía)es en general sinónimo de sodomía, es decir, la realización de la penetración anal. Se refiere en común y habitualmente a la que se realiza entre homosexuales, aunque en ciertas circunstancias (raramente) puede utilizarse para la cópula anal entre heterosexuales. Se llama sujeto activo al que realiza la inmisión peniana (en la jerga: “bufarrón”) y pasivo al que se presta a la inmisión (en la jerga: “comilón”). Los sexólogos alemanes suelen emplear el término latino “pedicatio”, siendo sinónimo de “conmasculatio” (Moll).

El término pederastia también se lo suele utilizar para describir el sexo anal practicado por un adulto con un menor. Así se habla de pederasta al que practica la cópula anal activa o pasiva como amante de los jóvenes (Giese).

La pederosis (Forel) es la cópula anal practicada por un adulto sobre un menor de uno u otro sexo tomado como objeto pasivo (pedicación). El sexo anal practicado sobre una niña también se le llama corefalismo.

Se denomina socialmente “taxi boy” al adolescente o adulto joven que vende sus favores sexuales a clientes homosexuales solo como “una escapada” de su heterosexualidad. Lo que confiere este característico matiz de sordidez a la prostitución homosexual contemporánea no es tanto la utilización indisimulada del dinero (muchas veces para el consumo de drogas) cuando la pretensión de disimular, bajo la excusa de la moneda, la naturaleza de la pulsión que se remunera. La pretensión que se aduce es la de restringir su participación en el contrato homosexual al rol “activo” (penetrador anal o pasivo del felador), no calificando por ello de homosexuales sus propias conductas, sino que éstas se reservan para sus clientes o partenaires, con el beneficio de la aceptación popular.

El pedófilo como un agresor sexual genérico

Recordemos como hecho genérico que, no se puede estudiar y comprender los delitos sexuales si no se parte de un mínimo de conocimiento sobre lo que significa la sexualidad en la conducta de cada individuo.

Se observa frecuentemente que estos delitos son cometidos por individuos que por su conducta sexual habitual pueden ser considerados “normales” y la manifestación de esa conducta sexual delictiva está ligada a una circunstancia personal o circunstancias ambientales condicionantes.

Por supuesto que también estos delitos los pueden cometer perturbados sexuales (disfuncionales y/o parafílicos o desviados) pero debe quedar en claro que estas perturbaciones sexuales por sí mismas, por lo menos en la inmensa mayoría de ellas, no están contempladas como delitos contra la integridad sexual por el Código Penal vigente. Diremos entonces que la conducta sexual delictiva es una conducta concreta del individuo expresión de su relación con la víctima en un lugar (espacio) y en una fecha (tiempo) determinados. Esto significa desde el punto de vista individual la dificultad del delincuente para aceptar la ley, lo que implica dificultades en el desarrollo de su personalidad. A su vez desde el punto de vista social significa una alteración, violación o trasgresión de la norma establecida.

En esta tarea la sexología y la psiquiatría forenses pueden establecer los aspectos de la personalidad de cada delincuente y diferenciar un caso de otro al reconstruir con la mayor exactitud posible la génesis y dinámica del fenómeno criminal en particular.

Aquí sólo reflexionaremos sobre los delincuentes sexuales que presentan factores de riesgo de índole sexual, es decir, que presentan perturbaciones sexuales cualitativas (la pedofilia como desviación o parafilia) que condicionan directa o indirectamente las conductas delictivas. La pedofilia o paidofilia es una desviación sexual o parafilia que se encuentra comprendida dentro de las conductas delictivas sexuales cuando su manifestación es explícita y denunciada ante la Justicia.

El agresor u ofensor sexual pedófilo o paidófilo, por las características de su actividad sexual sobre todo con menores de 13 años, siempre configura un abuso sexual de menores contemplado como un delito sexual, cuando la víctima del delito informa a una persona responsable de ella y el adulto en cuestión toma conocimiento del hecho y hace la denuncia correspondiente ante los estrados judiciales.

Recordemos que en general la gravedad de las parafilias depende del grado de actuación y del nivel de perturbación: leve (fantasía no escenificada), moderada (la imaginería en ocasiones se transforma en acción provocando conflictos sociales y ocupacionales) y grave (los impulsos se actúan como actos reiterados, apropiándose la parafilia del funcionamiento global del individuo).

Las disfunciones sexuales como perturbaciones sexuales cuantitativas si bien pueden tener incidencias en las conductas delictivas de algunos individuos, su frecuencia es menor y menos significativa que en las parafilias.

La Etiopatogenia de la pedofilia como parafilia

Los factores etiopatogénicos de la pedofilia no escapan a las de los de las parafilias en general y se pueden agrupar en tres principales que afectan el desarrollo de la personalidad: el biológico, el medio ambiente, y los factores mentales de integración y síntesis. Estos factores son centrales en la formación de una parafilia pedofílica.

Desde el punto de vista de la adquisición de las respuestas eróticas placenteras se debe tener en cuenta la importancia de la predisposición de la personalidad como factor genético más las experiencias ambientales que da el aprendizaje.

Existiría por lo tanto, una condición predisposicional en cada uno de nosotros, de acuerdo al potencial de personalidad como una especie de “tabla de arcilla” lisa y moldeable sobre la cual se marcarían “huellas” indelebles que serían las experiencias eróticas vividas por ensayo, azar o circunstancias deseadas o no y que condicionarían de allí en adelante como una relación “llave-cerradura” cada vez que se asocian ambas situaciones (circunstancia-predisposición al placer erótico) detonando la conducta sexual adecuada o inadecuada. Si bien las nuevas experiencias hacen “nuevas marcas” nunca las nuevas superan en eficiencia erótica a las primeras marcadas, que siguen respondiendo con la misma idoneidad placentera a pesar del tiempo que pueda transcurrir.

La pedofilia sigue este patrón general. Las imágenes, fantasías, o comportamientos desviados son producto de experiencias vividas sobre la base de una personalidad predisponente que provocaron en su momento un placer sexual que condicionó la reiteración de experiencias fijando un patrón de conducta erótico.

Las parafilias se desarrollan como reacciones estratégicas al abandono, la supresión o la traumatización del desarrollo sexual esperado como habitual. El parafílico intenta sobreponerse a la tragedia del psicotrauma.

Los modelos que pretenden explicar los orígenes, desarrollo y mantenimiento del comportamiento antisocial como la violencia, en particular la sexual, asumen como hipótesis central que tales formas de comportamiento se originan en el aprendizaje del medio social básico, de acuerdo a la interacción que el niño mantiene con su medio; este comportamiento llega a ser precursor de importantes conductas delictivas.

El abordaje científico de los problemas sexuales es relativamente reciente, de hecho se inicia a fines del siglo XIX. Los científicos que antecedieron al psicoanálisis habían conceptualizado a las actuales desviaciones sexuales (según el criterio de la OMS) o parafilias (según el DSM IV), como anomalías del instinto, como una especie de “teratología instintiva”, siendo el más importante representante Richard von Kraft-Ebing

El descubrimiento freudiano de la sexualidad infantil y del papel que continúa desempeñando en el adulto permitió a conceptuar a las “perversiones “ como consecuencias de un desarrollo problematizado de la sexualidad infantil, las que se consideró como conductas infantiles anacrónicamente fijadas.

Las perversiones representan placeres primitivos prohibidos cuya exigencia es casi absoluta. Esto supone la imposibilidad de despegarse de los sistemas primitivos de satisfacción que es lo mismo que decir que la “fijación” representa la elección primaria, la elección de la perversión como fenómeno anacrónico. Mientras que el fracaso de las nuevas experiencias sexuales que no puede integrar, hace al individuo “regresar” hacia sus primeras experiencias. La regresión es la fuerza que retropulsa al individuo hacia los sistemas primitivos de satisfacción.

El psicoanálisis dice que la neurosis es el reverso de la perversión. En la neurosis todos los síntomas se forman contra el sistema pulsional activo que no es aceptado por el yo (egodistonía). En la perversión, la conducta arcaica es asumida y deseada por el yo (egosintonía). El perverso tolera la perversión.

Deben de estar tres factores inconscientes en el momento de llevarlas a cabo el acto parafílico: a) Voluntad de poder : la voluntad de poder es en donde el individuo debe de demostrarse a sí mismo que tiene mayor poder o superioridad sobre su víctima. b) Riesgo: El riesgo de llevar a cabo el acto parafílico, genera en el individuo una excitación sexual en cada evento y además él se pone a prueba y trata de demostrar que es capaz de vencer a rivales de antaño (padre/madre). c) Desquite: El parafílico presenta este sentimiento de revancha como una reparación del daño que sufrió durante su infancia y se acompaña hostilidad, resentimiento.

Fritz Morgenthaler (1988) piensa que las parafilias cumplen la función de “cerrar, sellar o rellenar “ la hendidura creada por una abertura en el desarrollo narcisista. Los adultos parafílicos piensa que fueron niños cuyos desarrollos del “yo” y de la libido tuvieron lugar en base a un desarrollo narcisista con la ayuda de un cierre o relleno.

Kurt Freund en 1983 había establecido que las desviaciones sexuales (CIE10) forman parte de lo que él llama “trastornos de cortejo” haciendo una analogía etológica con los animales. La conducta sexual humana es un proceso dividido en cuatro fases: a) acercamiento a la pareja potencial, b) interacción pre táctil, c) interacción táctil y d) unión genital efectiva. Para este autor, una hipótesis causal de las parafilias sería una aversión al coito, llevando a los portadores del problema a varias actividades sustitutivas, aunque sin explicar las causa. Así, por ejemplo, el voyerismo sería una distorsión de la primera fase, el exhibicionismo de la segunda, el froterismo de la tercera y la violación de la cuarta. La paidofilia está comprendida en un combinación de todas ellas.

Robert Stoller (1985) sostiene que las conductas perversas son la expresión de la hostilidad (forma erótica del odio) en las que las fantasías sexuales o los actos sexuales perversos se convierten en el medio de desquitarse de traumas infantiles relacionados a menudo con la conducta de los padres, que inhiben el desarrollo del niño, mediante castigos o amenazas, es decir es una revancha escondida en las acciones que la maquillan y que sirven para convertir un trauma infantil en un triunfo adulto. Es por lo tanto una traducción del deseo de lastimar, herir, degradar, humillar, ser cruel con alguien.

J. Money (1989) en su libro “Mapas del amor vandalizado” (Vandalized lovemaps) escrito con Lamacz proponen el camino que debe tomar la mente del individuo para llegar al placer erótico sexual y a la satisfacción. Expone el concepto “mapa del amor” como una especie de inscripción o plantilla grabadas en el cerebro en la que se esboza las actividades sexuales que preferimos. Tal acontecimiento se desarrolla en la infancia a través de las experiencias vividas en función del placer-displacer. Se cree que la época más vulnerable gira alrededor de los 5 a 8 años, luego las posibilidades de modificación se hacen difíciles o refractarias. Money ha advertido que la supresión de los juegos sexuales preparatorios de la infancia podría impedir un desarrollo sexual sano. Algunas culturas temen que los niños sean expuestos tempranamente a la actividad sexual. El hecho de castigar estas conductas pueden obstaculizar el desarrollo de un mapa de amor normofílico. Por consiguiente, el individuo adquiere un mapa del amor o plantilla mental erotosexual a través de la experiencias e imágenes mentales vividas donde las actividades gratificantes que provocan excitación y orgasmo de características parafílicas reemplazan a las normofílicas.

Neil Malamuth considera que la agresión sexual se produce cuando, además de existir ciertas motivaciones, las circunstancias inhiben los controles que evitarían el ataque y además cuando se presenta una ocasión propicia. En algunos casos se llega a configurar una conducta sexual compulsiva como forma de reducir la ansiedad y la angustia. La actividad sexual brinda un alivio temporal, pero éste va seguido de más angustia. Muchos infractores sexuales han sido a su vez víctimas de abuso sexual en la infancia.

Coleman conjetura que las experiencias traumáticas infantiles intensifican la ansiedad primaria con una distimia secundaria.Se ha establecido una correlación entre violencia sexual y aquellas sociedades que podrían definirse como sociedades represivas. Ira Reiss ha señalado que una sociedad sexualmente sana sería aquella que adoptara tres principios básicos de salud mental: honestidad, igualdad y respeto.

Para Charles Moser (1992) las parafilias no son procesos aprendidos en el sentido del aprendizaje clásico. Las parafilias serían la “lujuria” hacia objetos no comunes o inapropiados. La lujuria para este autor es una respuesta sexual fuerte clara e individual hacia estímulos sensoriales específicos, reales o imaginarios (visuales, auditivos, olfatorios, táctiles y/o gustativos) que puede ser entendida como una “pasión” alrededor de un estímulo sexual. Moser comenta que cierta gente nace con una especie de “química” que le hace ser especialmente apasionado o ligado a la sexualidad, siendo la parafilia una deformación de esta cualidad humana a la que el contrasta con el deseo o la erotización.

Epidemiología y descripción de las conductas pedofílicas

El delito sexual es un concepto jurídico, en tanto que la parafilia es el nombre de un trastorno sexológico y/o psiquiátrico.

La pedofilia es una parafilia que pueden ser consecuencia de diversos factores. Cierto porcentaje de pedofílicos son agresores sexuales, es decir que padecen un trastorno psicosexual, con características delictivas, un estado que consiste en la necesidad impulsiva de un estímulo fuera de lo común, y personal o socialmente inaceptable, ya sea real o imaginario, para iniciar o mantener óptima la excitación erotosexual y para alcanzar el orgasmo.

La paidofilia es lejos la parafilia delictiva más común. El 20% de todos los niños americanos han sido víctimas de abuso antes de los 18 años (Abel 1989). La mayor parte de los actos de abuso consisten en tocamiento genital o sexo oral. La penetración anal y vaginal no es frecuente a excepción de los casos de incesto.

La inmensa mayoría de los paidófilos son heterosexuales, pero si se toma en cuenta el porcentaje de homosexuales en la población general, se observará que existen más paidófilos entre estos últimos que entre los heterosexuales, sin querer decir que los homosexuales per-sé sean abusadores de niños, que suele ser una idea errónea muy habitual. Por lo tanto existen paidófilos heterosexuales, homosexuales o bisexuales, que se limitan sólo al incesto o no. Hay paidófilos exclusivos (atraídos sólo por niños) o no exclusivos.

Se observa también entre los paidófilos un 50% de consumidores de alcohol y se ha señalado que es frecuente que se hayan visto envueltos en situaciones de exhibicionismo, violación o voyerismo.

También es común observar que el abusador de menores es un pariente de la víctima. La mayoría de los abusadores están casados y tienen hijos propios y no todos son paidófilos en el sentido estricto.

Entre los individuos que presentan perturbaciones sexuales cuantitativas (disfunciones sexuales) es poco frecuente las conductas delictivas. No obstante, entre los disfuncionales erectivos suelen aparecer casos de violadores.

También se observan pedófilos disfuncionales con las parejas adultas y que solo a través de la parafilia compensan la disfunción sobre todo erectiva, ya que el menor le genera menos conflictos, ya que piensa que éste no evalúa su rendimiento o capacidad sexual y por lo tanto así reafirman su masculinidad autocuestionada. El abuso sexual desbloquea la impotencia de predominio origen psíquico al reafirmar la masculinidad a través de la agresión sexual sobre todo cuando perciben el temor de la víctima.

Los pedófilos son personas que pueden tener familia, y algunos abusan también a miembros de la misma. Suele observarse que no tiene la capacidad para cortejar o relacionarse con mujeres por ser sumamente inseguros, la impotencia parcial es usual. Algunos son homosexuales ocultos.

Las relaciones pedofílicas pueden ser desde tocamientos hasta la penetración vaginal o anal, en algunas ocasiones excepcionales asesinan a sus víctimas para evitar el ser descubiertos. Esta parafilia se caracteriza más que por la excitación sexual, por el uso y abuso del poder.

Los pedófilos en general son adultos, del sexo masculino, que obtienen satisfacciones sexuales mediante un contacto físico y a menudo sexual con niños. A pesar que su actividad rara vez supone la violencia, y la sociedad suele castigar más severamente a estos que a los violadores, que sí recurren a la violencia física.

A menudo el pedófilo se conforma con acariciar el cabello del niño, aunque también puede manipularle los órganos genitales y sugerirle que manipule los suyos, y menos frecuentemente, intentar una intromisión. Estas conductas pueden repetirse por semanas, meses o años si no lo descubren otros adultos o las denuncias del propio niño.

Los paidófilos tienden a ser rígidamente religiosos y moralistas. Algunos investigadores opinan que es típico que los paidófilos conozcan personalmente a los niños que manosean, ya sea que suele ser un vecino cercano, uno de sus tíos o abuelos. La mayoría de los paidófilos heterosexuales de mayor edad son o han sido casados alguna vez en su vida.

Investigaciones del problema de la gravedad de la perturbación de los paidófilos descubrieron que se repartían en tres grupos de edad: a) adolescentes, b) de treinta y cinco a cuarenta años, y c) de cincuenta y cinco a sesenta años; el grupo más numeroso es el segundo. Se presume que dicho grupo había sufrido grandes desajustes mentales y sociales, que incluye el alcoholismo, frecuentemente asociado con su conducta.

Se ha sugerido que el impulso de abordo sexualmente a un niño refleja a veces un sentimiento de haber fracasado en la vida adulta tanto social como sexualmente. Aunque un adulto predispuesto a la paidofilia puede ocasionalmente ser seducido por las inocentes y desinhibidas muestras de afecto de un niño; sin embargo el niño no infunde a su conducta las implicaciones sexuales que el paidófilo percibe y a las cuales responde. Se trata de un tipo de parafilia donde sólo se encuentra perturbado el objeto de la tendencia sexual, donde es reemplazado por otro antinatural. Es la presencia de fantasías o conductas que implican actividad sexual entre un adulto y un niño.

La pedofilia puede ser física o no, y va desde la exposición de los genitales y conversaciones sugestivas, hasta el uso de material pornográfico, incesto y violación.

Se distinguen dos variantes en la pedofilia: la sentimental homoerótica y la agresiva heterosexual.

Los sentimentales homoeróticos tienen poco o ningún interés por las mujeres, toda su capacidad sexual se concentra en los niños, concretándose bajo la forma de caricias que le provocan el orgasmo.

Los agresivos heterosexuales intentan satisfacer sus impulsos con niñas, con métodos que van desde la seducción a la violencia, terminando (muy pocas veces) en homicidio sádico-criminal.

Estudios recientes, citados por Bernard Gallagher han observado dos tipos de abusadores masculinos: a) los impulsivos, que en alguna ocasión abusan a un niño y b) los pedofílicos propiamente dichos, cuya preferencia sexual son los niños. Éstos últimos suelen organizar muy bien sus andanzas: eligen cuidadosamente a sus víctimas a los que “entrampan”; se ubican en lugares adonde pueden tener fácil acceso a ellos (instituciones de cuidado infantil, colegios, entrenamiento deportivo, etcétera).

Finkelhor (1988) ha señalado que el 17% de los casos de los hechos acaecidos en lugares de cuidado de niños son llevados a cabo por múltiples perpetradores. Para los pedofílicos es esencial garantizarse el silencio de su víctima, a quien seleccionan y preparan al mismo tiempo que neutralizan la capacidad del cuidador (si lo hubiera). Esto explica cómo personalidades socialmente respetadas en una comunidad pueden actuar los abusos sexuales durante años sin ser detectados.

En el mismo sentido se encuentran los trabajos últimos de Robert Hazelwood y Janet Warren, en USA que describen dos categorías principales de abusadores violentos: a) el impulsivo, que suele actuar en forma reactiva a la situación en que se pueda hallar por lo que la planificación de sus delitos es mínima o inexistente (al punto de no tomar precauciones para ocultar su acción) y que suele tener una historia criminal de diversa índole de delitos, entre ellos de violencia física, siendo sus intereses sexuales más bien generales, y b) el ritualístico, que se diferencia del primero por tener una historia de parafilias (desviaciones en la conducta sexual) diversas, una planificación cuidadosa de los escenarios adonde pueda llevar a cabo su compleja e intensa vida de fantasía y recursos muy desarrollados para proteger su identidad de abusador.

Estos autores recomiendan el cuidadoso estudio de los distintos parámetros que caracterizan a estos dos tipos de individuos: sus patrones de selección de sus víctimas, sus patrones de conducta previas al delito, el tipo más probable de conducta ofensiva, los tipos de escenarios preferidos y los motivos subyacentes a la particular elección que hacen de sus víctimas.

También se ha observado que el tipo de abusador sexual ritualístico suele tener más de una conducta sexual desviada (parafilias), entre las que se suelen encontrar voyeurismo, fetichismo y una larga serie de actividades e intereses de tipo sádico y masoquista.

La personalidad del agresor de mediana o mayor edad es de un individuo solitario y con dificultad para establecer relaciones heterosexuales normales, suele tener baja autoestima, con pocos recursos para enfrentar situaciones de estrés.

Se observa también pedófilos que no presenta trastorno psicopatológico. Sin embargo, se ha visto que dos tercios de los reclusos pedofílicos maduros llevaron a cabo esta conducta en momentos que sufrían de situaciones estresantes.

No siempre sucede, pero las personas que fueron sexualmente abusadas en su niñez, tienen la posibilidad de convertirse en pedófilas en la adultez. No se trata de venganza, sino que sucede a nivel inconsciente e incluso puede relacionarse a veces con el abuso de drogas.

En general, las instituciones, y aun las familias, tratan de ocultar el problema. “Incluso hay madres que protegen al esposo abusador de los hijos”.

Entre los serios trastornos que puede dejar en las víctimas el abuso sexual infantil figuran: episodios de depresión aguda, conducta suicida u homicida, desórdenes adictivos, agudo sentido de culpabilidad, baja autoestima, severos episodios disociativos, conversión del abusado en abusador, negación a recibir terapia.

Tratar las parafilias es un reto para la psicoterapia, la psiquiatría, la criminología y otras disciplinas, la finalidad es que el paciente abandone la parafilia que hace daño a terceras personas como lo son la paidofilia, exhibicionismo, froterismo, voyeurismo, etcétera.

Muchos pacientes pueden ser ayudados a vivir más satisfactoriamente que como se encuentran, alcanzando un mejor control consciente y auto disciplinado por medio de asesoramiento y de psicoterapia.

En algunos casos de pedofilia el tratamiento mas beneficioso es la técnica de la desensibilización encubierta, en la que se asocian los factores estimulantes para el sujeto con situaciones aversivas que resultarían de la expresión de sus impulsos; al avanzar el tratamiento se entrena a los pacientes para que imaginen la atracción por mujeres adultas. Frecuentemente se observa una disminución de la atracción hacia las niñas y una disminución aún mayor en la ansiedad producida por las mujeres.

Medicamentos como antisicóticos, antidepresivos o anti-androgénicos han dado buenos resultados en algunos pacientes. En la mayoría de los abusadores violentos y agresivos el aislamiento social (cárcel) es lo único que evita se siga dañando a terceras personas.

Las parafilias que no hacen daño a terceras personas en donde ambas partes de la pareja lo disfrutan y están de acuerdo en llevarlas a cabo no necesitan tratamiento alguno.

En síntesis: la mayoría los pedófilos son hombres, menos agresivos que los violadores de adultos; muchos de ellos son alcohólicos o consumidores de drogas o psicóticos de mente torpe o asociales, y su edad fluctúa entre los 30 y 40 años. En general, son individuos débiles, inmaduros, solitarios y llenos de culpa.

Consideraciones para la prevención del abuso sexual de menores

En un documento de trabajo muy interesante, elaborado por “Guías y Scouts de Chile” titulado “Abusos sexuales: cómo proteger a los niños de ésta pesadilla”, se señalan como algunos ejes de trabajo para la prevención de la pedofilia lo siguiente:

a) Trabajar para que el niño reconozca aquellas situaciones que lo pueden llevar a ser víctima de un abuso sexual

b) Trabajar para que el niño sea capaz de contarle a un adulto cuando ha vivido una situación de éste tipo, y que pueda confiar en que se tomarán las medidas para preservarlo

c)Trabajar para que el niño reconozca que tiene derecho a defenderse frente al agresor.

En el mismo documento, señalan que en el caso que el adulto elegido para confiarle dicha situación sea su padre, sería esperable que intente reaccionar a la situación de la siguiente manera:

a) Reaccionar con calma, dejando que el niño cuente sin presionarlo,

tratándose de que se sienta cómodo y comprendido.

b) No criticarlo ni decirle que no ha entendido la situación.

c) Respetar la privacidad del niño, llevándolo a un lugar donde puedan hablar tranquilamente.

d) No culpabilizarlo de lo ocurrido, asegurándole que se lo va a ayudar en ésta situación.

e) Motivar al niño para que lo pueda contar a las autoridades.

f) Consultar con un especialista en el tema.

¿Cómo un padre o madre puede prevenir un abuso sexual?

a) Inculcando a los niños que si alguien trata de tocarles el cuerpo y de hacerle cosas que lo hagan sentir “raro” decirle no a la persona y decirle en seguida al padre o a la madre.

b) Enseñándole a los niños que el respeto a los mayores no quiere decir que debe obedecer ciegamente los adultos ya las figuras de autoridad, por ejemplo no les diga haz todo lo que te digan los mayores.

c)No forzando a los niños a besar, abrazar, o sentarse en la falda de un adulto, si no quiere hacerlo, esto les permite retener el control y les demuestra que tiene el derecho a decir que no.

d) Saber siempre en donde y con quien esta su hijo.

e) Ordenando a sus hijos no acercarse a extraños, que suelen frecuentar los lugares de recreo, los baños públicos y las escuelas.

f) Este alerta a cambios de conducta que manifieste su niño que le de indicios que ha sido victima de abuso sexual, tales como repentina incomunicatividad, no participación en actividades negarse a ir a la escuela, hostilidad inexplicable hacia la niñera o pariente favorito, y/o incremento de ansiedad.

g) Estimular los programas profesionales, para la prevención al abuso sexual de menores.

¿Cómo actuar ante un abuso sexual?

a) Fomentar la expresión de sus emociones, hacerle hablar y que expulse todos sus sentimientos de rabia, de agresividad, confusión entre otros a fines.

b) Rodearle de protección. La mayor parte de los niños manifiesta un gran temor y miedo a ser de nuevo objeto de abusos. Necesitara tiempo para superarlo una ayuda y protección muy cercanas. Es aconsejable que si el adulto que a abusado vive en la misma casa, se separe el menor.

c) Que el niño se sienta siempre acompañado y nunca desplazado.

d) Reducir los sentimientos de culpa en el niño. Si el niño ha participado en actividad sexual, se debe hacer entender al niño que él no es culpable, que él/ella no es un niño/a malo/a aunque si es verdad que el niño/a debe saber que tales conductas son inapropiadas.

e) Haga que su niño entienda que en usted puede confiar y que usted le dará su apoyo.

f) Buscar ayuda profesional generalmente tanto los padres como el niño/a suelen necesitar ayuda externa de un psicólogo o psiquiatra para aclarar y superar el incidente.

Se debe informar que el momento en que se presenta una relación de abuso, es cuando la victima pueda tolerar esta situación aunque en el fondo este en desacuerdo con ella. Algunas veces se presenta un consentimiento obligado el cual el abusador se siente justificado a cometer el abuso se crea entonces una especie de lealtad, y secretismos (la cual ha sido bajo coerción y aún cuando la viva con mucho dolor) importante entre el abusador y el abusado, donde el niño se ve de una personalidad predisponente que provocaron en su momento un placer sexual que condicionó la reiteración de experiencias la traumatización del desarrollo sexual esperado como habitual. El parafílico intenta sobreponerse a la tragedia del psicotrau.

Por lo general el abusador no comete el acto de forma inmediata si no que primero se gana la confianza, establece acuerdos en la relación, poco a poco va haciendo la propuesta disfrazándola de forma positiva y justifican sus acciones tienden a tener una relación cordial, protectora que le lleven a garantizar que el niño acepte su propuesta, cuando lo ha logrado esto se tiende a mantener por los chantajes previamente mencionados.

Recordar que este tipo de personas no presenta una personalidad delictiva están perfectamente integrados a la sociedad pueden tener reconocimiento personal, familiar y social. La mayoría de las veces los abusadores son personas conocidas de la familia.

A pesar de que en los abusos sexuales pueden estar involucrados los genitales no siempre se halla el componente sexual explícito, el juego de la seducción es el mas común. En el caso de la violación no existe un consentimiento de ambas partes, en este acto no existe un juego compartido.

El abusador utiliza su poder para dominar al niño encontrándose por ende en mayor ventaja. El niño es sólo visto como un objeto de placer y si en esta situación no se dan las condiciones para tener sexo “hacer el amor”, seduce para requerir la aprobación del menor (libre de coacciones),a la hora del encuentro.

La gravedad de las consecuencias en el niño o el adolescente de una situación de abuso dependen de: a) el tipo de agresión, b) las capacidades de superación personal, c) las reacciones del medio familiar y social.

Entre los efectos que presentan los niños abusados son probablemente daños en el desarrollo sexual, emocional, cognitivo y físico. Se enumeran: a) Perdida de confianza, b) Sentimiento de indefensión, c) Ansiedad generalizada, d) Estados depresivos, e) Disminución de la respuesta emocional; f) dureza, o frialdad, g) Respuestas fóbicas y de miedo a estímulos asociados, h) Inhibición intelectual - fracaso escolar, i) Confusión y/o alteración del auto concepto, j) Confusión de los valores sociales, k) Ideas de auto culpabilización, l) Indefensión, m) Ausencia del colegio, n) Abandono del hogar, ñ) Conducta inapropiada para su edad, o) Comportamientos agresivos, p)Problemas de relación : aislamiento y hostilidad, q) Delincuencia.

Otros de los síntomas consecutivos que pueden observarse son: a) Conocimiento sexual precoz e inapropiado conductas sexuales precoces o desadaptadas (promiscuidad o prostitución) problemas de identidad sexual, b) Hiperactividad, c) Cambios de humor, d) Ideas de suicidio, e) Perdida de apetito, f) Cambios de habito de sueño y comida, g) Cambios de habito de sueño y comida, h) Síndrome de acomodación del menor. El niño se ha adaptado al abuso en base a una auto implicación de la realidad, i) Ideas y pensamientos angustiantes pues no hay niño preparado psicológicamente para hacerle frente al estímulo sexual, j) Enuresis, k) Enfermedades venéreas, l) Quejas de dolor e irritación en la zona genital.

Los profesionales, médicos, psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, educadores, etcétera, que estén en contacto con los niños, deben conocer la naturaleza e importancia de este problema, explicarlo a los niños e intervenir adecuadamente si esto se produce y actuar teniendo en consideración: a) el desculpabilizar a los niños, b) no magnificar la situación, c) evitar en lo que esta a su alcance que no se vuelva a producir la situación, d) apoyar psicológicamente al niño, d) Incentivar programas educativos para hacer a los niños más capaces de autoprotegerse.

Algunas reflexiones médico legales

Las características de los pedófilos que realizan abusos sexuales de menores se han estudiado en una serie de investigaciones que hasta el momento no han presentado suficientes evidencias de carácter específico. No existe el perfil inequívoco del pedófilo.

Se postulan diversas hipótesis:

1) Antecedentes de haber crecido en un ambiente hostil. El hecho de haber crecido en un ambiente infantil no protector, de abandono o maltrato físico para algunos autores (Ifilner, 1990) parece ser una característica en algunos abusadores sexuales pedófilos.

2) Trastornos de la personalidad. Para otros autores (Finkelhor,1984) los abusadores sexuales necesariamente debían presentar alguna patología psíquica, como la inestabilidad, la inmadurez, la baja autoestima, etcétera, que tratan de superar a través de la agresión sexual.

3) Conflictos de pareja. Otros autores (Crivillé,1986,1987) ponen el énfasis en la presencia de problemas maritales, el alejamiento sexual de la pareja y la violencia familiar, es decir, se ha trabajado en la hipótesis de una confusión e inversión de roles entre los diferentes miembros de la familia como génesis de la abusividad sexual.

4) Factores externos sobre una personalidad predispuesta. Se argumentado (Millner,1990) que los abusadores sexuales son personalidades introvertidas, solitarias, y con falta de apoyo social, sobre los que se suele instalar factores externos desencadenantes como el alcoholismo o la adicción a drogas (Famularo,1992).

Un modelo teórico muy aceptado es el presentado por Finkelhor, 1986, que trata de organizar los datos existentes de manera de forma que pueda darse respuesta a cuatro preguntas:

1. ¿por qué una persona encuentra congruente y gratificante emocionalmente la relación con un niño?

2. ¿por qué una persona es capaz de ser activada sexualmente por un niño?

3.¿por qué una persona bloquea sus esfuerzos para obtener gratificación sexual y emocional de fuentes más aprobadas socialmente?

4. ¿por qué una persona no es disuadida por las inhibiciones sociales existentes contrarias a la relación sexual con niños?

Las tres primeras preguntas tratan de explicar por qué ciertas personas sienten interés sexual por los niños y la cuarta intenta explicar por qué tal interés se traduce en una conducta de abuso sexual.

Por lo tanto, para que se produzca abuso sexual deben darse cuatro factores de manera simultánea o sucesiva: a) Congruencia emocional, b) Activación sexual por un niño, c) Bloqueo de las relaciones sexuales normales, d) Desinhibición comportamental.

La congruencia emocional puede ser explicado por la existencia de una importante inmadurez en los abusadores sexuales que los hace experimentarse a sí mismo como niños, tener necesidades emocionales infantiles, por lo tanto, deseo de relacionarse con niño. También se puede argumentar la baja autoestima y el sentido de ineficacia personal como factores generadores de la búsqueda de relaciones que les proporcionen sentimientos de poder, omnipotencia y control.

La activación sexual con niños se ha separado de la congruencia emocional al suponer que no se trata de cuestiones necesariamente relacionadas. Se supone que puede haber necesidades de relación emocional como las presentadas, pero que sean satisfechas de manera no sexual. Para que se produzca el abuso sexual infantil es preciso que la congruencia emocional se añada a un cierto nivel de activación sexual con niños. Otra cuestión debatida es que quizá la mayoría de los varones puede encontrar atrayente sexualmente el cuerpo de un niño o niña a partir de cierta edad. Las posibles causas de esta mayor activación sexual se basan en las teorías del aprendizaje social y, entre ellas, adquiere especial importancia la experiencia de haber sido víctima de abusos sexuales en la infancia. Se han sugerido varios caminos a través de los cuales se produce este proceso de reproducción de las relaciones sexuales con niños, pero entre ellos se destaca el basado en el condicionamiento clásico y en el aprendizaje por imitación de un modelo que encuentra atrayente sexualmente a los niños. También se ha argumentado que en algunos abusadores sexuales se puede producir un cierto error atribucional al asignar contenido sexual (en condiciones de deprivación) a cualquier tipo de activación emocional interpersonal, en este caso con los niños, hijos propios o no. (Finkelhor,1986).

El tercer factor es el bloqueo de las capacidades o posibilidades para satisfacer las necesidades sexuales con adultos. Los sentimientos de inutilidad personal, la conocida inadecuación interpersonal de muchos abusadores sexuales y un distanciamiento sexual en sus relaciones de pareja, estarían en la base de este tipo de bloqueo.

La desinhibición comportamental sería una condición necesaria para que tales tendencias o impulsos justificados por los tres factores anteriores se traduzcan de manera estable o esporádicamente en actos de abuso sexual infantil. Tal como lo plantea Kinkelhor, deben superarse tres barreras: los inhibidores internos, los inhibidores externos y la resistencia o no aceptación de la víctima. Entre los factores que permiten la desinhibición interna se deben citar las adicciones a determinados tóxicos (alcohol, cocaína), la senilidad, el retraso mental, etcétera. La superación de los inhibidores externos se produce de manera más fácil si no se encuentra presente (física o psíquicamente) ninguna persona (por ejemplo: la madre) que pueda cuidar de la víctima. Si se trata de un padre no biológico de la víctima, la mayor permanencia del abusador y la víctima solos, etcétera.

Por último, es preciso que el abusador supere la resistencia de la víctima a través de la seducción o la amenaza o la agresión. En este sentido, un niño desprovisto y, por tanto, necesitado de apoyo, cariño y compañía estará en una situación de mayor riesgo para ser víctima de abuso sexual.

Un niño sin ningún tipo de información sexual puede ser mas fácilmente víctima de los engaños y la seducción de un abusador sexual. Para que se dé el abuso sexual sería necesario que un sujeto experimente una cierta activación fisiológica, es decir, serían factores individuales y explicables a partir de las características psicológicas del sujeto o de su historia personal. Sin embargo, los factores que contribuyen a la aparición del abuso sexual provienen del tipo de familia en que vive el sujeto, de aspectos culturales, de la situación general de vida del sujeto, etcétera.

Es necesaria la presencia de los dos prerrequisitos para que se produzca el abuso sexual, sin embargo, la existencia de problemas en la relación de pareja, el alcoholismo, el desempleo o el aislamiento social no serían suficientes. Únicamente serían factores que contribuyen al abuso sexual en aquellos sujetos que presentan los factores considerados como prerrequisitos.

De todas maneras el modelo presentado hace hincapié en abusadores fundamentalmente masculinos (95%). Sólo se ha observado un 5% de abusadoras femeninas, casi siempre a través de mecanismos como la predisposición intergeneracional, la relación maestra- amante alumno o la mujer coercionada por un varón (por miedo al abandono).

Los peritos especializados en menores deben tener los siguientes indicadores psicológicos inespecíficos de abuso sexual en los niños:

1. Miedo aparentemente injustificado hacia las personas adultas, sobre todo hombres.

2. Desconfianza hacia el adulto en sus promesas y actitudes positivas.

3. Tendencia a la soledad y al aislamiento.

4. Reacciones de agresión verbal o física desmesurada desde edades precoces.

5. Inquietud desmedida de llanto en general.

6. Dificultad de aprendizaje y concentración en la escuela.

7. Juegos sexuados explícitos y conversaciones permanentes sobre temas sexuales. Comprensión de la sexual superior a lo esperado a su maduración.

8. Malas relaciones con sus pares y dificultades para entablar amistades.

9. Trastornos del sueño.

10. Depresión clínica con retracción e ideación suicida.

11. Desconfianza en las figuras significativas.

12. Comportamiento sobre adaptado.

13. Actitudes de sometimiento.

14. Indicio de actividades sexuales.

Finkelhor establece un Modelo Dinámico de la génesis del trauma de abuso sexual infantil que puede ser entendido desde cuatro componentes: a) Sexuación traumática, b) Pérdida de confianza relacional, c) Estigmatización, d) Sentido de pérdida o falta de poder.

Esta dinámica supone una alteración del funcionamiento emocional y cognitivo que puede llegar a distorsionar la visión de sí mismo, las relaciones, y el mundo en general.

La sexuación traumática se produce por la intrusión de intereses y conductas sexuales de un adulto en el desarrollo sexual normal de un niño. Estas conductas son inapropiadas para un niño y, al ser recompensadas con frecuencia por los adultos pueden aprender a usarlas como estrategia para obtener beneficios o relacionarse con los demás, adquieren aprendizajes deformados de la importancia y significados de determinadas conductas sexuales, así como concepciones erróneas sobre la sexualidad y ética sexual. Por último, la sexualidad del niño puede quedar traumatizada o gravemente afectada de numerosas formas.

Los abusos sexuales conllevan una pérdida de confianza en la relación con el agresor. Este puede ser especialmente conflictiva cuando existen relaciones familiares entre el agresor y la víctima. La víctima puede ser manipulada, herida, amenazada, etcétera, precisamente por quien era objeto de confianza. Esta ruptura de confianza en las relaciones se puede extender a toda la familia por no haber logrado librar a la víctima de estas experiencias, y extenderse también a todas las personas del sexo del agresor.

La estigmatización es sentida como culpa, vergüenza, envilecimiento, pérdida de valor, sentimientos que solo a él/ella le ocurren lo peor, etcétera. La víctima se puede considerar marcada para el resto de la vida por las experiencias más traumatizantes y considerarse distinta, desgraciada, marginada, etcétera.

Las víctimas, por último, pueden llegar a creer y sentir que lo que les sucede está fuera de su control, que no saben reaccionar ante las situaciones, en definitiva, que tienen poco poder sobre sí mismos y sobre cuando les sucede. En este mismo sentido se pueden volver temerosos de lo que puede ocurrirles en el futuro, tomar actitudes pasivas y poco asertivas, ser retraídos socialmente, etcétera.

De esta forma, los abusos sexuales conllevarían, en aquellos casos que acaban produciendo afectos significativos, una socialización sexual traumática, una pérdida de confianza relacional y una auto consideración negativa.

Se describen además diversos afectos a largo plazo del abuso sexual infantil (aquellos que se manifiestan aproximadamente dos años después del abuso).

Dichos afectos son comparativamente menos frecuentes y claros que las secuelas iniciales. También son más difíciles de estudiar por la interacción con otra serie de factores.

Los efectos a largo plazo descriptos en numerosos estudios retrospectivos, relacionados con haber sufrido abuso sexual son: a) Sentimientos de aislamiento, marginalidad, baja autoestima, y de estigmatización, b) Depresión, ansiedad y trastornos neurovegetativos, c) Ideación suicida y conductas autodestructivas, d) Agresividad sexual, e) Fracaso escolar, f) Dificultad para establecer vínculos y mantenerlos, g) Participación sexual pasiva, automatizada y ausente (prestan el cuerpo).

Otra consecuencia que puede acontecer secundariamente a un menor abusado sexualmente son los trastornos por estrés postraumático.

Esta patología, aceptada como un diagnóstico válido recién en la década pasada, es uno de los pocos trastornos psiquiátricos que ha sido definido sobre la base de su etiología, y no simplemente a los síntomas fenomenológicamente considerados. El rasgo esencial del trastorno según la definición del Manual de diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales 4º edición de la APA (DSM IV APA), es la aparición de síntomas característicos que sigue a la exposición de un acontecimiento estresante y extremadamente traumático.

El cuadro sintomático característico secundario a la exposición al trauma debe incluir la presencia de reexperimentación persistente del acontecimiento traumático, evitación persistente de los estímulos relacionados a él, embotamiento de la capacidad de respuesta, y síntomas persistentes de activación.

El acontecimiento traumático puede ser reexperimentado de varias maneras. Habitualmente aparece bajo la forma de un recuerdo recurrente e intrusivos, o pesadillas recurrentes donde el acontecimiento vuelve a suceder, o estados disociativos que duran de pocos segundos a varias horas durante las cuales se reviven aspectos del suceso y la persona se comporta como si en ese momento se encontrara en él.

Cuando el individuo se expone a estímulos desencadenantes que recuerdan o simbolizan un aspecto del acontecimiento traumático, suele experimentarse un malestar psicológico intenso, o respuestas de tipo fisiológico.

En los niños con pesadillas perturbadoras sobre el acontecimiento traumático pueden convertirse, al cabo de varias semanas en pesadillas generalizadas, donde pueden aparecer monstruos, rescates espectaculares, o amenazas sobre ellos mismos o los demás. Los niños no suelen tener la sensación de revivir el pasado, de hecho es más común que la reexperimentación del trauma pueda evidenciarse en juegos de carácter repetitivo.

Hay tres aspectos “persistente” “recurrente” y “perturbador” así como la presencia de parálisis e hiperactividad después del trauma que se debe considerar en el TPET.

Debemos recordar también que durante mucho tiempo en las pericias de menores abusados se tuvo en cuenta el análisis de la realidad de las declaraciones de Udo Undeuscht, 1967, cuyos indicadores son los siguientes: a) Relato consistente en el tiempo (confrontación del relato en varias entrevistas, b) Conocimientos sexuales inapropiados para la edad, c) Descripción detallada acerca de personas lugares y tiempos, d) Relato de circunstancias típicas y características de abuso sexual, e) Relato de presión o coacción del agresor, f) Estructuración lógica del relato, g) Afecto congruente con el hecho relatado (vergüenza retracción culpa, etcétera).

Experiencia en el Cuerpo Médico Forense

En el Cuerpo Médico Forense de la Justicia Nacional Argentina se ha investigado casos de agresores sexuales en el lapso de 1990-99 a propósito de la tarea pericial que se nos ha encomendado como médico forense.

De las pericias realizadas en el Cuerpo Médico Forense en conjunto con el Dr. Lorenzo García Samartino y la Lic. Marta Gaziglia y que contó con la inestimable colaboración del Departamento de Investigación del Cuerpo en las personas de la Dra. Graciela Eleta y el Lic. Carlos Gatti. En dicha investigación se tomaron en cuenta de todas las pericias que llegaron al Cuerpo Médico Forense, aquellas que en ese lapso, hubimos intervenido los mencionados peritos.

Teniendo en cuenta las conclusiones de dicha investigación se han rescatado a los fines de este trabajo la observación particular de las víctimas menores de edad, para poder hacer algunas consideraciones a propósito del tema del abuso sexual infantil.

Del total de 160 pericias realizadas en ese lapso, la composición de la muestra comprendía 106 imputados, 39 víctimas y 15 involucrados con el delito sexual investigado.

El estudio de la personalidad del delincuente fue el centro de nuestra investigación, por lo tanto el análisis de la conducta delictiva se hizo en función de la personalidad total del individuo y su inseparable contexto social.

El individuo realiza continuas tentativas de adaptación al mundo en que se desarrolla y vive; el investigador debe descubrir el valor y la significación que ese mundo adquiere para él. La significación y la intencionalidad de la conducta constituyen un todo organizado (portador de un sentido) que se dirige a un fin.

Teniendo en cuenta la investigación mencionada, podemos hacer ahora algunas reflexiones sobre los imputados de delitos sexuales con relación a las víctimas de abuso sexual infantil.

De las peritaciones de imputados(106 casos) estaban involucrados con víctimas mayores 35 casos y con menores 71 (ver fig 1).

De las víctimas investigadas se pudo observar que sobre un total de 39 casos, 26 de ellas, eran menores de edad, y el resto 13 mayores como se puede ver en la fig 2.

De los 26 casos en que las víctimas fueron menores se pudo observar que 15 de ellas los imputados eran personas de su grupo familiar (imputados intrafamiliares), mientras que 11 correspondían a imputados extrafamiliares. Ver fig 3.

Como se puede observar llama la atención que las denuncias de delitos sexuales en el ámbito extrafamiliar se mantengan en una misma proporción a través del tiempo mientras que las que involucran a un miembro de la familia haya tenido una mayor prevalencia entre los años 1994 y 1996. Quizás este hecho se atribuya a la ley de violencia familiar que fue legislada por esos tiempos.

En cuanto a que miembro intrafamiliar fue el más denunciado se muestra significativamente que el padre fue ampliamente el más imputado, seguido por el padrastro (ver Fig. 4).

Es notorio también que el tipo de delito sexual que se le imputa al miembro intrafamiliar es significativamente predominante el abuso deshonesto sobre el de violación a diferencia de los imputados extrafamiliares en que predomina la violación.

A propósito de los delitos sexuales intrafamiliares haremos una breve descripción de la familia incestuosa.

Estudios recientes sobre abuso sexual infantil se han estudiado muy cuidadosamente la psicodinámica de las familias en las que se lleva a cabo el incesto. Si bien el porcentaje de familias de clase media es más alta que lo que se pensaba, la incidencia mayor se encuentra entre las familias de bajos recursos y que viven en zonas aisladas como lo son algunas rurales.

De todos los tipos de incesto, el más frecuente es el de padre/padrastro-hija. El padre/padrastro suele tener un pasado de privación afectiva o de rechazo de su madre y de abandono por el padre. Presentan trastornos psicológicos que van de medianos a francamente psicóticos, siendo los diagnósticos más comunes los de pedofilia, personalidad dependiente, y desorden paranoide de la personalidad y patológicamente obsesionados con el sexo. La ingestión excesiva de alcohol es frecuentemente encontrada (en algunos estudios, el 25% de los encarcelados por este delito eran alcohólicos; en otros, las cifras arrojan 48,9% y hasta 80%, las diferencias dependiendo generalmente de las diferentes definiciones de alcoholismo. De cualquier modo, la presencia del exceso de alcohol también debe ser un factor a ponderar).

La hija más vulnerable suele ser la mayor, en especial si está ocupando el rol de su madre y si como ésta, es pasiva y dependiente. La madre suele también ser una persona que ha sufrido privaciones afectivas en su infancia que la han llevado a no poder expresar afecto hacia el marido y los niños. (a veces ha sido sexualmente abusada y sufre de anorgasmia y se muestra hostil con su marido).

Ha sido frecuentemente descripta como dependiente, infantil, masoquista y patológicamente ligada a su propia madre rechazante, con una falla muy importante en su capacidad de cuidado y en poder actuar para frenar el abuso.

En el abuso padre/padrastro-hijo, muchísimo menos frecuente que el anterior, suele encontrarse a un padre con fuertes problemas con su propia madre que lo ha rechazado en la infancia. Suelen sentir rechazo hacia la mujer y tener impulsos homosexuales, muchas veces vividos dentro de la familia de origen con hermanos, primos o tíos, inclusive el propio padre. El consumo de alcohol está a menudo presente en los episodios de incesto. El hijo puede haber tenido experiencias homosexuales simultáneas o posteriores a los abusos paternos. La madre suele estar asociada al incesto “no dándose cuenta” de lo que sucede; es más poderosa de lo que muestra y tiene actitudes “castradoras” y “manejadoras” con los hombres, tomando una acción protectora sólo después de que el incesto ha sido conocido en la comunidad.

El incesto hermano-hermana, es para algunos la forma más frecuente de actividad incestuosa, siendo la hermana menor en una familia de varios varones la que tiene mayor riesgo. Otros tipos de incesto, tales como el madre-hija y madre-hijo son menos frecuentes en ese orden.

En resumidas cuentas, las familias donde se produce el incesto son sistemas disfuncionales donde los roles y las fronteras están confusos.

Las biografías de los involucrados, el sistema familiar y el estudio por parte de asistentes sociales del medio familiar extenso y el laboral y social en que éstos se desempeñan, amén de los testimonios de amigos, parientes y compañeros de trabajo, cobran una vital importancia en el momento de la ponderación de la coherencia de los relatos infantiles colectados y la probabilidad de que éstos tengan congruencia en su conjunto y que no estén influidos por adultos.

Reflexiones sobre la observación de falsas denuncias

La pregunta que se impone es: “¿Cómo distinguir cuándo son verdaderas o falsas las declaraciones de niños en casos de alegado abuso sexual?”.

1. Es indudable que se han observado casos de denuncias de abuso sexual que luego se ha comprobado que no ha sucedido, sobre todo cuando el imputado es una persona intrafamiliar.

Como dice Eduardo Padilla el aumento de falsas alegaciones se atribuye a que el abuso sexual era antes un secreto del cual la sociedad no hablaba; en los últimos tiempos, se ha hecho “popular” como tema en los medios masivos de comunicación por lo tanto, la mejor manera de descalificar moralmente a alguien y sacarlo del medio en disputas por tenencia, visitas y alimentos y venganzas diversas es la acusación de abuso sexual como antes lo hubiera sido el adulterio, consumo de drogas u homosexualidad: hoy estos motivos conmueven poco.

Estudios internacionales realizados ya por Elterman y Ehrenberg (1991) al respecto: el número de falsas alegaciones de abuso sexual ha sufrido una escalada impensable hasta hace poco. En el CMF se observado un aumento de denuncias después de implementarse la ley de violencia familiar.

Elwell y Ephross (1987) y Pine (1987), han escrito sobre los potencialmente devastadores efectos que sobre la vida de los niños pueden tener las alegaciones falsas de abuso sexual, aun cuando luego se pueda aclarar debidamente la situación, ya que el vínculo con el progenitor acusado puede quedar irremediablemente dañado por el sufrimiento vivido. En definitiva, el sistema de protección del niño puede estar en grave riesgo.

De manera tal que los instigadores como Brooks y Milchman (1991), recomiendan preguntarse: a) si el niño fue abusado como se está diciendo; b) si fue abusado pero no por el que se alega lo hizo, c) si alguno de los padres está mal interpretando equivocadamente los usos y prácticas normales que se llevan a cabo como parte del cuidado e higiene de un niño, d) si alguno de los adultos puede querer obtener la tenencia completa.

Entonces, ¡no tiene ningún valor el testimonio de los niños!. Por supuesto esto último no es así, la actitud inicial frente al relato infantil debe seguir siendo la de creerlo.

Frente a este dilema es forzoso distinguir - antes que nada - la actividad que corresponde a los tribunales de justicia de la que debe ser la actividad del terapeuta como tal. En los países experimentados en el tema, todo material recogido en el ámbito terapéutico no es tomado como prueba en los procesos.

 En esta tesitura, si las entrevistas de propósito diagnóstico han tomado el giro de “terapéuticas”, tal el caso de los entrevistadores que ven al niño diez o veinte veces, empeñados en que éste vaya develando el abuso, el material así resultante es inmediatamente desechado por la sencilla razón de que no tiene valor probatorio alguno.

2. Otro factor a tener en cuenta es el de la memoria infantil. La memoria humana es constructiva y selectiva, esto es, no existe un registro como el obtenido por un grabador o una video cámara. Esta memoria, llena de los baches más diversos, puede variar y ser “rellenada” por la influencia de factores diversos, y todos sabemos lo difícil que nos resulta reconstruir un hecho del que hemos sido testigos y de la multiplicidad de relatos distintos que en estas situaciones se pueden recabar.

 En los niños, en particular los más pequeños, la memoria funciona en cierto sentido en forma similar a la de los ancianos: los hechos se borran con mucha facilidad y si se insiste desde una posición de poder e influencia, es muchas veces posible rellenar el hueco con otros “sucesos” que se quieran instalar como reales (co-construcciones)

Es cierto también que los niños pueden - y de hecho lo hacen - mentir con diversos propósitos, por ejemplo para evitar una reprimenda o para parecer más importantes o para guardar un secreto en un juego. También está comprobado que los niños menores de siete son incapaces de inventar una historia con el propósito deliberado de perjudicar a un tercero.

De esta manera, cualquier historia no verdadera de abuso sexual, no ha sido inventada por el niño pequeño ni es el resultado de una mentira propia: ha sido instalada, por diversos motivos en la mente infantil por uno o más adultos, y no es infrecuente que en esto se hayan prestado sin quererlo a conciencia, los profesionales llamados a intervenir, especialmente si se encontraban dispuestos a comprobar a toda costa que el abuso existió y si se han abanderado en una “campaña” a favor de una de las partes.

Una vez instaladas como memorias ciertas, hechos que no sucedieron, el niño los sostendrá como tales. Inversamente y con similares procedimientos, en algunos casos se puede lograr que hechos sucedidos sean borrados, y el niño sostendrá que no ocurrieron. Este es un concepto absolutamente fundamental a tener presente. Si para colmo a ese niño se lo ha convencido de que está defendiendo una causa justa, que su rol es protagónico, que de sus declaraciones depende que el “malvado” sea encarcelado y que así cese el peligro de la venganza que éste se tomaría contra él y la madre en caso de quedar libre, no es raro que veamos a un pequeño “cruzado” que llevará ante quien lo quiera ver el estandarte de la perversión del adulto en cuestión, heroica y absolutamente convencido de estar salvando a todos al proclamar “la verdad”.

Este sostener convencido del niño en el cual se ha co-construido una historia no verídica es de tal naturaleza que hace imposible que aún los profesionales mejor entrenados en el tema puedan discernir si los hechos realmente sucedieron o no, como lo reconoció la experta británica, Dra. Danya Glaser con toda honestidad. Ella advierte cuando se ha discutido sobre este punto, sobre todo cuando se habla que “el tono emocional no se dicta”, tonalidad que serviría para discernir si la historia es verdadera o inducida. La “música emocional” que escucharemos en los casos en que ha habido una co-construcción será la coherente con la convicción del niño de que ha sido efectivamente objeto de actos malvados por parte del adulto imputado.

Bentovim ha alertado con respecto a una de las pocas señales que pueden ser útil en lo que al relato infantil se refiere a cuando los niños son preguntados sobre situaciones bien concretas, tales como la erección peniana, si los hechos invocados, tales como penetraciones, no han sucedido, este tipo de información es eludida o resulta desconocida para el niño.

3. Existen seis veces más acusaciones de abuso sexual en familias en las que hay disputas de divorcio, tenencia y visitas, que en las familias en que esto no está sucediendo.

Luego: ¿el niño habló primero sobre el tema con un tercero (maestra, amigo, pariente) antes que con la madre, por caso? La mayoría de los casos falsos provienen de madres que hablan de lo que el hijo les “habría” hablado, como lo han consignado, entre otros, Benedek y Schetky, 1985; Jones, 1985 y Bentovim, 1977.

Si una persona adulta y con influencia sobre un niño lo induce a tomar como ciertos hechos que no acontecieron, una vez que se forma una construcción de este tipo en su mente, ese niño actuará y hablará con la mayor convicción de que está en lo cierto. Más aún será así, si dichos relatos son repetidos a través de un tiempo suficientemente prolongado y máxime si son reforzados por otras múltiples entrevistas a cargo del equipo profesional. No es que estará mintiendo o fabulando adrede, sino que estará convencido (tan convencido puede llegar a estar que será muy difícil conseguir que se rectifique aún si se le demuestra que los hechos no sucedieron).

Estos adultos inductores pueden estar actuando de buena fe, con la mejor intención, - y en el caso de los profesionales, amén con grave desconocimiento - luego de presumir que algún hecho sexual aberrante ha acontecido. En otros casos, la persona puede estar movida por deseos de venganza, celos, o, intereses económicos.

4. Cuando existe disputa parental, cuanto más intensa es ésta (aunque se desarrolle en forma subliminal), mayor probabilidad hay de que los niños sean involucrados y que comiencen a mostrar signos de trauma emocional y desórdenes de conducta. (Amato y Keith, 1991; Hetherington,1989; Tschan, Johnston, Kline y Wallerstein, 1989).

Si esto resulta así, le será difícil al evaluador discernir cuánto de esto es debido al divorcio y cuánto a posible abuso sexual. Todo ello significa que la prudencia con que se deben elevar los informes periciales al tribunal recomienda que se mencione explícitamente esta natural dificultad. El no hacerlo puede constituir una falla ética.

Se ha observado también (Faller, 1991) que contrariamente a lo dicho se puede encontrar en la dinámica familiar en casos de abuso, que hay madres que les cuesta muchísimo aceptar que el cónyuge pueda haber estado abusando sexualmente a sus hijos. Contrariamente a este caso, otras no les cuesta creer que su marido pueda estarlos abusando aunque no sea cierto.

Otras madres pueden percibir en forma distorsionada señales afectuosas, tales como besos y abrazos por ejemplo entre una niña y el padre en el encuentro o en la despedida, como sexuales y de allí en adelante, si se ponen en marcha mecanismos para impedir los encuentros, e influir en los “recuerdos” infantiles.

Se debe reparar también en el tipo de personalidad del progenitor que tiene la custodia y que motoriza la denuncia: si bien pueden no aparecer señales de psicopatología, no es infrecuente que muestren personalidades de tipo paranoide, histriónica y manipulativa, o con tendencias “borderline”. (Benedeck y Schetky, 1985). Otras, aunque más infrecuentes veces, se notarán aspectos de tipo delirante.

5. Otro recaudo a tener presente es el de la calidad y preparación del entrevistador a cargo del diagnóstico. Éste debe tener un entrenamiento especial en el preguntar a niños sobre la ardua cuestión de si el abuso existió o no. Es perentorio además que el entrevistador tenga una extensa práctica previa en el contacto con niños sin historias de abuso

Las entrevistas para diagnosticar abuso no son fáciles, para empezar porque es muy fuerte la carga emocional que conllevan. También es fundamental que la persona entrevistadora no tenga un especial empeño en “descubrir o develar” abusos sexuales: debe ser lo más neutral posible y abierta a que los hechos invocados quizás no sucedieron.

Este es uno de los motivos que hacen casi imprescindible que sean grabadas, preferentemente en video tape, y que sean llevadas a cabo con la presencia simultánea de otro profesional, ya sea en el mismo recinto o en Cámara de Gesell.

Los registros obtenidos servirán también para evitar que el niño sea interrogado por varias personas diferentes en ocasiones múltiples, con lo cual, por un lado se disminuirá la carga traumática para el niño que las repeticiones conllevan, la contaminación del material y con ello la continua re-instalación en el niño de los hechos invocados, y por otro lado, la posibilidad de reexaminar junto a otros colegas cuántas veces sea necesario, el material obtenido.

Otra zona de riesgo es la de los entrevistadores que recurren a sus “interpretaciones” para exponerlos como hechos ciertos frente a los tribunales,

Es demasiado fácil caer en poderosas subjetividades, sobre todo, si el entrevistador está preparado para ver a alguien que “seguramente” ha cometido un acto delictivo, todo lo cual hace entrar a todos estos procedimientos interpretativos en la categoría de poco prudentes para estas situaciones (de hecho, no son utilizados en los países con más conocimiento y preparación en abuso sexual de niños). Ya el mismo Freud, con su profundidad y agudeza nos lo advirtió cuando dijo: “Un cigarro es un símbolo fálico; pero muchas veces es sólo un cigarro”, mientras pitaba con fruición el suyo.

6. La primera forma de inducción de un adulto puede provenir de una re-definición de un acto que en sí mismo es inocente, tal como vimos en el caso de la madre arriba comentada: ¿tu papá te tocó la cola alguna vez? (lo cual muy lógicamente puede haber sucedido en ocasión de la higiene, por ejemplo), será leído por el niño como “papá te tocó y eso -por el tono del que pregunta- se ve que no está bien”. Muy rápidamente el niño se defenderá diciendo: “yo no quería, pero él lo hizo igual”, luego no es infrecuente que el niño “adorne” con más y más información en el sentido de lo que él percibe que el adulto quiere oír.

7. Durante bastante se ha sostenido que los relatos no verídicos rondaban el 3 al 4%. Pero los últimos estudios elevan esta cifra a un 10% (Danya Glaser, en efecto, una importante investigación de Jones y McGraw, efectuada en Denver sobre 576 casos, arrojó que un 6% de las acusaciones eran falsas y basadas en mentiras deliberadas y un 17% no eran verdaderas aunque basadas no en mentiras sino en errores de buena fe, lo cual arroja un total de un 23% de situaciones no verdaderas y en cuanto a sus consecuencias, iguales en su nocividad.

8. El mismo recaudo se debe observar cuando se evalúan los dibujos y juegos de los niños en las entrevistas: mucho material interpretado como indicativo de abuso sexual lo fue porque no se tuvo en cuenta el contexto general en que el material fue obtenido, (D. Glaser), esto es, el grado de la influencia de adultos y la co-existencia de “entrevistas oficiales” de juegos y dibujos con los efectuados “extraoficialmente” en casa por algún progenitor.

Demás está decir que un experto debe tener bien presentes datos tales como que el 50% de los niños no abusados cuando juegan con muñecos anatómicamente correctos introducen un dedo en la abertura anal o vaginal de la muñeca y que la mayoría de ellos tomaron al muñeco de su pene para revolearlo: y que tales actitudes fueron tomadas como “patognomónicas”. Está también debidamente comprobado, que muchos de los signos indicadores de abuso -inclusive conocimientos sexuales inapropiados para la edad- aparecen también en niños no abusados cuando han sido sometidos a repetidos interrogatorios sobre el tema. Lo que es más, estudios recientes (Hibbard y Hartman, 1990), muestran que no existe diferencia significativa en la frecuencia de dibujos de genitales en niños abusados de niños no abusados.

 En resumen: si ha habido una co-construcción de una falsa memoria, los dibujos, juegos y actitudes del niño pueden mostrarse similares a los que se obtienen de niños que han sido efectivamente abusados. Asimismo, especiales recaudos deben ser tomados cuando la sintomatología presente puede corresponder a estados post traumáticos por divorcios y feudos entre los padres. No existen signos “patognomónicos” y es de obligación ética de los peritos en los casos judiciales que adviertan de esto al tribunal.

9. Otro punto a tener muy en cuenta es cuál fue la actitud inicial del adulto que recibió el primer relato infantil.

Las reacciones primeras del cuidador se deben evaluar con todo cuidado puesto que pueden ser muy indicativas de cómo se puede haber ido desarrollando un proceso de construcción, primero en el mismo adulto y luego desde éste en el niño (co-construcción).

10. Cuando los interrogatorios han sido más de uno o dos, la certidumbre de los resultados se va desvaneciendo con su número

El experto Stephen Ceci dice que las entrevistas repetidas y preguntas repetidas a través de las entrevistas incrementan el riesgo de contaminación si los entrevistadores han estado inclinados a encontrar abuso. Estas técnicas permiten una avenida de introyecciones de desinformación que si se repiten un número suficiente de veces, pueden ser incorporados por el niño.

Como ya hemos dicho, es imprescindible entonces distinguir entre entrevistas terapéuticas de entrevistas diagnósticas, las que tienen como diferencia tanto sus propósitos como el número de ellas y el tipo de actitud del entrevistador o del terapeuta (en las segundas). El argumento tiene que ver con la evidencia científica de que un profesional “convencido” de que los hechos sucedieron, casi siempre tenderá a obtener del niño respuestas que avalen su creencia.

Corolario

De todo lo expuesto y a manera de síntesis podemos decir que de experiencia médico forense, sobre todo en la peritación de adultos presuntos victimarios de abuso sexual de menores, hemos observado parafílicos pedófilos e individuos considerados “normales” desde el punto de vista psicosexológicos, de manera tal que, cualquier individuo puede estar en condiciones potenciales de ser un abusador sexual. No debemos olvidar que individuos con tendencias o inclinaciones parafílicas no necesariamente tiene que ser por ello un abusador sexual, en tanto y en cuanto no cometa un delito sexual, por lo tanto, hay que recordar que las tendencias predisponen pero no determinan, hecho importante al momento de emitir un dictamen o al testimoniar en un Juicio Oral.

Por otra parte debemos saber que los menores abusados existieron y existen, tanto por victimarios extrafamiliares como intrafamiliares, pero al momento de realizar las pericas médico legales debemos tener presente que las falsas denuncias también existen, sobre todo cuando las causas que se alegan tienen como presuntos abusadores a personas en el ámbito familiar.

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Figura 1

Figura 2

Figura 3

Figura 4