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La pedofilia; reflexiones sexológicas y médico-legales Juan Carlos Romi Introducción Uno
de los problemas que acucian a la sociedad en la actualidad es el
relacionado con el abuso sexual de menores. Esta manifestación sexual
siempre existió en forma mas o menos oculta, quizás por el tabú
cultural vigente. En los últimos años ha tomado un auge muy importante,
probablemente motorizado por la mayor libertad de expresión, el menor
temor a su exteriorización, la actualización de la legislación vigente
o la promoción o divulgación periodística. Las
personas que de alguna manera estamos en contacto con estas conductas
sexuales tenemos la obligación de reflexionar sobre los reales alcances
de estas manifestaciones, ya que si bien es indudable que estos delitos
existieron siempre y existen, no es menos cierto que observamos con cierta
preocupación, el aprovechamiento peligroso que se hace de las mismos
invocando como acontecidos hechos que en la realidad no ocurrieron como
tales y que suelen ser respuestas a motivaciones ajenas a la real situación
invocada. Así observamos con cierta frecuencia la presencia de falsas
denuncias en búsqueda de beneficios secundarios, inducciones a menores a
manifestar haber sido víctimas de abusos sexuales inexistentes, diagnósticos
apresurados de profesionales, sobre todo en el área psíquica, por
ineptitud técnica u otras razones subalternas, etcétera. Por
estas razones creemos necesario hacer una aproximación reflexiva al tema
para desde el conocimiento científico, la experiencia y la
responsabilidad asumamos con la mayor equidad posible el controvertido y a
veces espinoso problema de dilucidar desde el punto de vista sexológico
las implicancias médico legales que presenta las conductas pedofílicas. Definiciones y conceptos generales Recordemos
que el término pedofilia fue acuñado en alemán por el psiquiatra
Richard von Krafft-Ebing (1840-1902), quien utilizó por primera vez la
expresión Pädophilia erotica en su influyente libro Psychopathia
Sexualis, publicado en 1886. Una
de las primeras controversias surgen entre los términos (para nosotros
sinónimos) paidofilia y pedofilia. La
RAE recoge las dos variantes morfológicas, pedofilia y paidofilia. La raíz
ped(o)-/paid(o)- ‘niño’ procede del griego paidós ‘niño’. Desde
el punto de vista etimológico, es más correcta la primera, pues el
diptongo griego ai se transcribe ae en latín y e en español. Sin
embargo, quizás por razones de eufonía, la RAE prefiere la forma paido-,
conservando el diptongo original griego. La forma paedofilia, que en
ocasiones también se emplea, contiene la conservación del diptongo
latino, y su uso puede estar influido por el inglés paedophilia. La
segunda controversia se establece entre los términos pedofilia y
pederastia. El
diccionario de la Real Academia Española ha introducido en su última
edición (2001) el término pedofilia, además de seguir registrando la
palabra pederastia, para las que recoge las siguientes definiciones: a)
Pedofilia. f. Atracción erótica o sexual que una persona adulta siente
hacia niños o adolescentes, b) Pederastia. f. Abuso sexual cometido con
niños. Desde
el punto de vista semántico, la distinción es clara: una cosa es sentir
atracción erótica por los niños, y otra, abusar sexualmente de ellos.
Así pues, la distinción surge entre la tendencia sexual (pedofilia) y la
práctica abusiva -y además delictiva- (pederastia). Algunos
abusadores sexuales infantiles refieren ser pedófilos pero no pederastas,
distinguiéndose así estos individuos entre tener la tendencia que los
empuja a sentir atracción sexual por los niños (pedofilia) y las prácticas
sexuales con menores (pederastia), conducta considerada delictiva según
nuestro Código Penal. Al margen de la veracidad de la afirmación de los
presuntos abusadores de que resistían sus impulsos, y de que sus palabras
fueran o no un mero recurso jurídico empleado en su defensa para
conseguir la absolución, hay que reconocer que, prescindiendo de estos
casos concretos y a nivel general, la distinción entre la atracción
sexual hacia los niños y los delito de abuso sexual de menores, nos
parece oportuna. En
el primer caso, pues, estamos ante una tendencia psíquica, considerada
como una parafilia por la sexología y la psiquiatría, mientras que en el
segundo nos situamos ante una práctica, que además es delictiva según
nuestra legislación. Pero debemos aclarar que, si el pedófilo de alguna
manera establece un vínculo efectivo (acción) de aproximación o
tocamiento erótico sobre un menor, esta conducta es delictiva, aunque no
haya existido la violación, ya que el CP tipifica esta conducta como
abuso sexual simple (ex abuso deshonesto) explicitado en el Art. 119 CP. El
error nace en confundir la simple atracción erótica sexual de un adulto
por un menor, parafilia no concretada, con el accionar explícito de la
tendencia, confusión que se acentúa por la utilización en nuestra
lengua de dos términos diferentes para distinguir estos dos conceptos.
Las palabras pedofilia y pederastia se emplean como sinónimos, para
referirse tanto a la atracción sexual como al delito, al igual que pedófilo
y pederasta. En
el lenguaje periodístico encontramos indistintamente el uso de pedofilia
con el sentido de delito y con el significado de enfermedad; así, por
ejemplo, se emplea el sintagma «acusar de pedofilia»; se habla de una «red
de pedofilia» para designar una organización de personas dedicadas a la
explotación sexual de menores; asimismo, la palabra aparece en ocasiones
en enumeraciones junto a otras conductas delictivas. Conviene
tener presente que no toda persona pedófila tiene que haber cometido
actos de abuso sexual infantil. Por tanto, no todos los pedófilos
presentan conductas pedofílicas o son pederastas, esto es, delincuentes o
explotadores sexuales. En
ocasiones, se distinguen tres tipos de trastornos según la edad de la
persona que es objeto del deseo sexual: se emplea pedofilia para la
atracción hacia niños en edad prepuberal, efebofilia (del griego ephebo
‘niño que ha entrado en la pubertad’) para referirse al deseo sexual
hacia adolescentes, y nepiofilia (de nepion ‘infante’) para designar
la atracción hacia niños lactantes o infantes. Según
el Manual de Diagnóstico de los Trastornos Mentales (DSM-IV) la pedofilia
(F65.4) se encuentra dentro de la categoría de parafilias, ubicada dentro
de la categorización mayor de “Trastornos sexuales y de la identidad
sexual”. La
pedofilia se define como fantasías sexuales recurrentes y altamente
excitantes, impulsos sexuales o comportamientos que implican actividad
sexual con niños (13 años o menos) durante un período no inferior a los
seis meses. El
manual indica que estas fantasías e impulsos sexuales provocan un
malestar clínicamente significativo o un deterioro social, laboral o de
otras áreas de la actividad del individuo. Distingue a su vez en el diagnóstico
cuando se trata de una situación incestuosa, si es exclusivo (sólo
atracción con niños), si es hacia varones, mujeres o por ambos sexos. La
definición del DSM-IV lleva implícita la concepción clásica, pero
otras lecturas permiten pensar que esa definición resulta bastante
acotada. Es posible ver conductas pedofílicas menos marcadas, y de otras
personas que no sufren de un malestar significativo al respecto. Incluso
se parte de esta situación para pensar otros aspectos relevantes, tal
como puede ser la pregunta si es que se trata de cuestiones médico- biológicas
o no. Por otra parte cabe la pregunta si es que este fenómeno se da
principalmente en personas que está a cargo del cuidado de niños por lo
que cabría la hipótesis según la cual el contacto permanente con niños
favorecería la manifestación paidofílica. Últimamente
al actualizar la “Nomenclatura de las manifestaciones sexuales” que
hemos publicado en la Revista Alcmeón N° 42, Año XIV, Vol. 11, N° 2 de
abril de 2004, se ha expresado que dentro las perturbaciones sexuales
cualitativas, con referencia a la configuración de la imagen de la
pareja, según al “modo” de obtener placer erótico se encuentran las
manifestaciones respecto a la edad del partenaire. Allí encontramos las
“paradojas sexuales”, es decir, las manifestaciones erótico-sexuales
entre personas de distintas generaciones (cronofilia). Así observamos con
cierta frecuencia la paidofilia o pedofilia, el lolismo, la efebofilia y
la gerontofilia. La
pedofilia es la actividad sexual con niños (del griego pais, paidos; niño).
Es una de las pocas conductas sexuales consideradas delictivas, porque
pueden generar un daño o psicotrauma en su formación o desarrollo
sexual. a
pedofilia se trata de una preferencia sexual por los niños, normalmente
de edad prepuberal o de la pubertad temprana. Algunos de los afectados
sienten atracción únicamente por las niñas, otros únicamente por los
niños y otros están interesados por ambos sexos. La
pedofilia se presenta raramente en mujeres. Los contactos entre adultos y
adolescentes sexualmente maduros es algo socialmente reprobado, en
especial si los que intervienen son del mismo sexo, pero esto no se acompaña
necesariamente de pedofilia. Un incidente aislado, en especial si el que
lo lleva a cabo es un adolescente, no es signo de la presencia de la
tendencia persistente o predominante que se requiere para el diagnóstico.
No obstante, entre los afectados de pedofilia, hay varones que manifiestan
una preferencia por una relación de pareja sexual adulta, pero que debido
a que hay reiteradas frustraciones en sus intentos de contactos adecuados,
los han sustituido de manera habitual por niños. Los varones que abusan
sexualmente de sus propios hijos prepuberales suelen abordar en ocasiones
también a otros niños, pero en ninguno de estos casos hay nada más en
su comportamiento que sugiera una pedofilia. Por
lo tanto, los pedófilos suelen ser predominantemente varones y
frecuentemente de edad avanzada aunque no se descarta esta inclinación
sexo-amorosa en las mujeres, y las víctimas tanto niños como niñas.
Cuando se utiliza al o la menor como objeto pasivo de una cópula anal se
denomina a esa acción pedicación. El
lolismo es la preferencia sexoerótica de varones maduros por adolescentes
(niñas en su despertar puberal). El término se popularizó por la novela
de Novikov “Lolita”. Se llama también hebefilia. Se
denomina corofilia (Hirschfeld) la inclinación de ciertas lesbianas
maduras por niñas impúberes. La
efebofilia es la atracción sexual de una persona madura hacia
adolescentes varones de 13 a 18 años. La
gerontofilia, es la atracción sexual de un varón joven por una mujer
anciana (graofilia o anililagnia) o de una joven por un anciano. Puede ser
una atracción sexoerótica hétero u homosexual. Muchas veces se observa
que tal relación mas que una imposición libidinal tiene otras
motivaciones como, por ejemplo las económicas. Otros
términos de interés que debemos recordar son: sodomía, pederastia y la
pederosis. La
sodomía (de Sodoma, ciudad palestina a orillas del Mar Muerto) consiste
en el sexo anal. La cópula anal puede ser heterosexual (anomeatia) u
homosexual (androsomdomia). La sodomía se acepta que es el sexo anal
entre varones y por extensión con animales (autores germánicos) con los
que se tiene penetración (sodomización). La
pederastia (del griego paiderastía)es en general sinónimo de sodomía,
es decir, la realización de la penetración anal. Se refiere en común y
habitualmente a la que se realiza entre homosexuales, aunque en ciertas
circunstancias (raramente) puede utilizarse para la cópula anal entre
heterosexuales. Se llama sujeto activo al que realiza la inmisión peniana
(en la jerga: “bufarrón”) y pasivo al que se presta a la inmisión
(en la jerga: “comilón”). Los sexólogos alemanes suelen emplear el término
latino “pedicatio”, siendo sinónimo de “conmasculatio” (Moll). El
término pederastia también se lo suele utilizar para describir el sexo
anal practicado por un adulto con un menor. Así se habla de pederasta al
que practica la cópula anal activa o pasiva como amante de los jóvenes
(Giese). La
pederosis (Forel) es la cópula anal practicada por un adulto sobre un
menor de uno u otro sexo tomado como objeto pasivo (pedicación). El sexo
anal practicado sobre una niña también se le llama corefalismo. Se
denomina socialmente “taxi boy” al adolescente o adulto joven que
vende sus favores sexuales a clientes homosexuales solo como “una
escapada” de su heterosexualidad. Lo que confiere este característico
matiz de sordidez a la prostitución homosexual contemporánea no es tanto
la utilización indisimulada del dinero (muchas veces para el consumo de
drogas) cuando la pretensión de disimular, bajo la excusa de la moneda,
la naturaleza de la pulsión que se remunera. La pretensión que se aduce
es la de restringir su participación en el contrato homosexual al rol
“activo” (penetrador anal o pasivo del felador), no calificando por
ello de homosexuales sus propias conductas, sino que éstas se reservan
para sus clientes o partenaires, con el beneficio de la aceptación
popular. El pedófilo como un agresor sexual genérico Recordemos
como hecho genérico que, no se puede estudiar y comprender los delitos
sexuales si no se parte de un mínimo de conocimiento sobre lo que
significa la sexualidad en la conducta de cada individuo. Se
observa frecuentemente que estos delitos son cometidos por individuos que
por su conducta sexual habitual pueden ser considerados “normales” y
la manifestación de esa conducta sexual delictiva está ligada a una
circunstancia personal o circunstancias ambientales condicionantes. Por
supuesto que también estos delitos los pueden cometer perturbados
sexuales (disfuncionales y/o parafílicos o desviados) pero debe quedar en
claro que estas perturbaciones sexuales por sí mismas, por lo menos en la
inmensa mayoría de ellas, no están contempladas como delitos contra la
integridad sexual por el Código Penal vigente. Diremos entonces que la
conducta sexual delictiva es una conducta concreta del individuo expresión
de su relación con la víctima en un lugar (espacio) y en una fecha
(tiempo) determinados. Esto significa desde el punto de vista individual
la dificultad del delincuente para aceptar la ley, lo que implica
dificultades en el desarrollo de su personalidad. A su vez desde el punto
de vista social significa una alteración, violación o trasgresión de la
norma establecida. En
esta tarea la sexología y la psiquiatría forenses pueden establecer los
aspectos de la personalidad de cada delincuente y diferenciar un caso de
otro al reconstruir con la mayor exactitud posible la génesis y dinámica
del fenómeno criminal en particular. Aquí
sólo reflexionaremos sobre los delincuentes sexuales que presentan
factores de riesgo de índole sexual, es decir, que presentan
perturbaciones sexuales cualitativas (la pedofilia como desviación o
parafilia) que condicionan directa o indirectamente las conductas
delictivas. La pedofilia o paidofilia es una desviación sexual o
parafilia que se encuentra comprendida dentro de las conductas delictivas
sexuales cuando su manifestación es explícita y denunciada ante la
Justicia. El
agresor u ofensor sexual pedófilo o paidófilo, por las características
de su actividad sexual sobre todo con menores de 13 años, siempre
configura un abuso sexual de menores contemplado como un delito sexual,
cuando la víctima del delito informa a una persona responsable de ella y
el adulto en cuestión toma conocimiento del hecho y hace la denuncia
correspondiente ante los estrados judiciales. Recordemos
que en general la gravedad de las parafilias depende del grado de actuación
y del nivel de perturbación: leve (fantasía no escenificada), moderada
(la imaginería en ocasiones se transforma en acción provocando
conflictos sociales y ocupacionales) y grave (los impulsos se actúan como
actos reiterados, apropiándose la parafilia del funcionamiento global del
individuo). Las
disfunciones sexuales como perturbaciones sexuales cuantitativas si bien
pueden tener incidencias en las conductas delictivas de algunos
individuos, su frecuencia es menor y menos significativa que en las
parafilias. La Etiopatogenia de la pedofilia como parafilia Los
factores etiopatogénicos de la pedofilia no escapan a las de los de las
parafilias en general y se pueden agrupar en tres principales que afectan
el desarrollo de la personalidad: el biológico, el medio ambiente, y los
factores mentales de integración y síntesis. Estos factores son
centrales en la formación de una parafilia pedofílica. Desde
el punto de vista de la adquisición de las respuestas eróticas
placenteras se debe tener en cuenta la importancia de la predisposición
de la personalidad como factor genético más las experiencias ambientales
que da el aprendizaje. Existiría
por lo tanto, una condición predisposicional en cada uno de nosotros, de
acuerdo al potencial de personalidad como una especie de “tabla de
arcilla” lisa y moldeable sobre la cual se marcarían “huellas”
indelebles que serían las experiencias eróticas vividas por ensayo, azar
o circunstancias deseadas o no y que condicionarían de allí en adelante
como una relación “llave-cerradura” cada vez que se asocian ambas
situaciones (circunstancia-predisposición al placer erótico) detonando
la conducta sexual adecuada o inadecuada. Si bien las nuevas experiencias
hacen “nuevas marcas” nunca las nuevas superan en eficiencia erótica
a las primeras marcadas, que siguen respondiendo con la misma idoneidad
placentera a pesar del tiempo que pueda transcurrir. La
pedofilia sigue este patrón general. Las imágenes, fantasías, o
comportamientos desviados son producto de experiencias vividas sobre la
base de una personalidad predisponente que provocaron en su momento un
placer sexual que condicionó la reiteración de experiencias fijando un
patrón de conducta erótico. Las
parafilias se desarrollan como reacciones estratégicas al abandono, la
supresión o la traumatización del desarrollo sexual esperado como
habitual. El parafílico intenta sobreponerse a la tragedia del
psicotrauma. Los
modelos que pretenden explicar los orígenes, desarrollo y mantenimiento
del comportamiento antisocial como la violencia, en particular la sexual,
asumen como hipótesis central que tales formas de comportamiento se
originan en el aprendizaje del medio social básico, de acuerdo a la
interacción que el niño mantiene con su medio; este comportamiento llega
a ser precursor de importantes conductas delictivas. El
abordaje científico de los problemas sexuales es relativamente reciente,
de hecho se inicia a fines del siglo XIX. Los científicos que
antecedieron al psicoanálisis habían conceptualizado a las actuales
desviaciones sexuales (según el criterio de la OMS) o parafilias (según
el DSM IV), como anomalías del instinto, como una especie de “teratología
instintiva”, siendo el más importante representante Richard von
Kraft-Ebing El
descubrimiento freudiano de la sexualidad infantil y del papel que continúa
desempeñando en el adulto permitió a conceptuar a las “perversiones
“ como consecuencias de un desarrollo problematizado de la sexualidad
infantil, las que se consideró como conductas infantiles anacrónicamente
fijadas. Las
perversiones representan placeres primitivos prohibidos cuya exigencia es
casi absoluta. Esto supone la imposibilidad de despegarse de los sistemas
primitivos de satisfacción que es lo mismo que decir que la “fijación”
representa la elección primaria, la elección de la perversión como fenómeno
anacrónico. Mientras que el fracaso de las nuevas experiencias sexuales
que no puede integrar, hace al individuo “regresar” hacia sus primeras
experiencias. La regresión es la fuerza que retropulsa al individuo hacia
los sistemas primitivos de satisfacción. El
psicoanálisis dice que la neurosis es el reverso de la perversión. En la
neurosis todos los síntomas se forman contra el sistema pulsional activo
que no es aceptado por el yo (egodistonía). En la perversión, la
conducta arcaica es asumida y deseada por el yo (egosintonía). El
perverso tolera la perversión. Deben
de estar tres factores inconscientes en el momento de llevarlas a cabo el
acto parafílico: a) Voluntad de poder : la voluntad de poder es en donde
el individuo debe de demostrarse a sí mismo que tiene mayor poder o
superioridad sobre su víctima. b) Riesgo: El riesgo de llevar a cabo el
acto parafílico, genera en el individuo una excitación sexual en cada
evento y además él se pone a prueba y trata de demostrar que es capaz de
vencer a rivales de antaño (padre/madre). c) Desquite: El parafílico
presenta este sentimiento de revancha como una reparación del daño que
sufrió durante su infancia y se acompaña hostilidad, resentimiento. Fritz
Morgenthaler (1988) piensa que las parafilias cumplen la función de
“cerrar, sellar o rellenar “ la hendidura creada por una abertura en
el desarrollo narcisista. Los adultos parafílicos piensa que fueron niños
cuyos desarrollos del “yo” y de la libido tuvieron lugar en base a un
desarrollo narcisista con la ayuda de un cierre o relleno. Kurt
Freund en 1983 había establecido que las desviaciones sexuales (CIE10)
forman parte de lo que él llama “trastornos de cortejo” haciendo una
analogía etológica con los animales. La conducta sexual humana es un
proceso dividido en cuatro fases: a) acercamiento a la pareja potencial,
b) interacción pre táctil, c) interacción táctil y d) unión genital
efectiva. Para este autor, una hipótesis causal de las parafilias sería
una aversión al coito, llevando a los portadores del problema a varias
actividades sustitutivas, aunque sin explicar las causa. Así, por
ejemplo, el voyerismo sería una distorsión de la primera fase, el
exhibicionismo de la segunda, el froterismo de la tercera y la violación
de la cuarta. La paidofilia está comprendida en un combinación de todas
ellas. Robert
Stoller (1985) sostiene que las conductas perversas son la expresión de
la hostilidad (forma erótica del odio) en las que las fantasías sexuales
o los actos sexuales perversos se convierten en el medio de desquitarse de
traumas infantiles relacionados a menudo con la conducta de los padres,
que inhiben el desarrollo del niño, mediante castigos o amenazas, es
decir es una revancha escondida en las acciones que la maquillan y que
sirven para convertir un trauma infantil en un triunfo adulto. Es por lo
tanto una traducción del deseo de lastimar, herir, degradar, humillar,
ser cruel con alguien. J.
Money (1989) en su libro “Mapas del amor vandalizado” (Vandalized
lovemaps) escrito con Lamacz proponen el camino que debe tomar la mente
del individuo para llegar al placer erótico sexual y a la satisfacción.
Expone el concepto “mapa del amor” como una especie de inscripción o
plantilla grabadas en el cerebro en la que se esboza las actividades
sexuales que preferimos. Tal acontecimiento se desarrolla en la infancia a
través de las experiencias vividas en función del placer-displacer. Se
cree que la época más vulnerable gira alrededor de los 5 a 8 años,
luego las posibilidades de modificación se hacen difíciles o
refractarias. Money ha advertido que la supresión de los juegos sexuales
preparatorios de la infancia podría impedir un desarrollo sexual sano.
Algunas culturas temen que los niños sean expuestos tempranamente a la
actividad sexual. El hecho de castigar estas conductas pueden obstaculizar
el desarrollo de un mapa de amor normofílico. Por consiguiente, el
individuo adquiere un mapa del amor o plantilla mental erotosexual a través
de la experiencias e imágenes mentales vividas donde las actividades
gratificantes que provocan excitación y orgasmo de características parafílicas
reemplazan a las normofílicas. Neil
Malamuth considera que la agresión sexual se produce cuando, además de
existir ciertas motivaciones, las circunstancias inhiben los controles que
evitarían el ataque y además cuando se presenta una ocasión propicia.
En algunos casos se llega a configurar una conducta sexual compulsiva como
forma de reducir la ansiedad y la angustia. La actividad sexual brinda un
alivio temporal, pero éste va seguido de más angustia. Muchos
infractores sexuales han sido a su vez víctimas de abuso sexual en la
infancia. Coleman
conjetura que las experiencias traumáticas infantiles intensifican la
ansiedad primaria con una distimia secundaria.Se ha establecido una
correlación entre violencia sexual y aquellas sociedades que podrían
definirse como sociedades represivas. Ira Reiss ha señalado que una
sociedad sexualmente sana sería aquella que adoptara tres principios básicos
de salud mental: honestidad, igualdad y respeto. Para
Charles Moser (1992) las parafilias no son procesos aprendidos en el
sentido del aprendizaje clásico. Las parafilias serían la “lujuria”
hacia objetos no comunes o inapropiados. La lujuria para este autor es una
respuesta sexual fuerte clara e individual hacia estímulos sensoriales
específicos, reales o imaginarios (visuales, auditivos, olfatorios, táctiles
y/o gustativos) que puede ser entendida como una “pasión” alrededor
de un estímulo sexual. Moser comenta que cierta gente nace con una
especie de “química” que le hace ser especialmente apasionado o
ligado a la sexualidad, siendo la parafilia una deformación de esta
cualidad humana a la que el contrasta con el deseo o la erotización. Epidemiología y descripción de las conductas pedofílicas El
delito sexual es un concepto jurídico, en tanto que la parafilia es el
nombre de un trastorno sexológico y/o psiquiátrico. La
pedofilia es una parafilia que pueden ser consecuencia de diversos
factores. Cierto porcentaje de pedofílicos son agresores sexuales, es
decir que padecen un trastorno psicosexual, con características
delictivas, un estado que consiste en la necesidad impulsiva de un estímulo
fuera de lo común, y personal o socialmente inaceptable, ya sea real o
imaginario, para iniciar o mantener óptima la excitación erotosexual y
para alcanzar el orgasmo. La
paidofilia es lejos la parafilia delictiva más común. El 20% de todos
los niños americanos han sido víctimas de abuso antes de los 18 años
(Abel 1989). La mayor parte de los actos de abuso consisten en tocamiento
genital o sexo oral. La penetración anal y vaginal no es frecuente a
excepción de los casos de incesto. La
inmensa mayoría de los paidófilos son heterosexuales, pero si se toma en
cuenta el porcentaje de homosexuales en la población general, se observará
que existen más paidófilos entre estos últimos que entre los
heterosexuales, sin querer decir que los homosexuales per-sé sean
abusadores de niños, que suele ser una idea errónea muy habitual. Por lo
tanto existen paidófilos heterosexuales, homosexuales o bisexuales, que
se limitan sólo al incesto o no. Hay paidófilos exclusivos (atraídos sólo
por niños) o no exclusivos. Se
observa también entre los paidófilos un 50% de consumidores de alcohol y
se ha señalado que es frecuente que se hayan visto envueltos en
situaciones de exhibicionismo, violación o voyerismo. También
es común observar que el abusador de menores es un pariente de la víctima.
La mayoría de los abusadores están casados y tienen hijos propios y no
todos son paidófilos en el sentido estricto. Entre
los individuos que presentan perturbaciones sexuales cuantitativas
(disfunciones sexuales) es poco frecuente las conductas delictivas. No
obstante, entre los disfuncionales erectivos suelen aparecer casos de
violadores. También
se observan pedófilos disfuncionales con las parejas adultas y que solo a
través de la parafilia compensan la disfunción sobre todo erectiva, ya
que el menor le genera menos conflictos, ya que piensa que éste no evalúa
su rendimiento o capacidad sexual y por lo tanto así reafirman su
masculinidad autocuestionada. El abuso sexual desbloquea la impotencia de
predominio origen psíquico al reafirmar la masculinidad a través de la
agresión sexual sobre todo cuando perciben el temor de la víctima. Los
pedófilos son personas que pueden tener familia, y algunos abusan también
a miembros de la misma. Suele observarse que no tiene la capacidad para
cortejar o relacionarse con mujeres por ser sumamente inseguros, la
impotencia parcial es usual. Algunos son homosexuales ocultos. Las
relaciones pedofílicas pueden ser desde tocamientos hasta la penetración
vaginal o anal, en algunas ocasiones excepcionales asesinan a sus víctimas
para evitar el ser descubiertos. Esta parafilia se caracteriza más que
por la excitación sexual, por el uso y abuso del poder. Los
pedófilos en general son adultos, del sexo masculino, que obtienen
satisfacciones sexuales mediante un contacto físico y a menudo sexual con
niños. A pesar que su actividad rara vez supone la violencia, y la
sociedad suele castigar más severamente a estos que a los violadores, que
sí recurren a la violencia física. A
menudo el pedófilo se conforma con acariciar el cabello del niño, aunque
también puede manipularle los órganos genitales y sugerirle que manipule
los suyos, y menos frecuentemente, intentar una intromisión. Estas
conductas pueden repetirse por semanas, meses o años si no lo descubren
otros adultos o las denuncias del propio niño. Los
paidófilos tienden a ser rígidamente religiosos y moralistas. Algunos
investigadores opinan que es típico que los paidófilos conozcan
personalmente a los niños que manosean, ya sea que suele ser un vecino
cercano, uno de sus tíos o abuelos. La mayoría de los paidófilos
heterosexuales de mayor edad son o han sido casados alguna vez en su vida.
Investigaciones
del problema de la gravedad de la perturbación de los paidófilos
descubrieron que se repartían en tres grupos de edad: a) adolescentes, b)
de treinta y cinco a cuarenta años, y c) de cincuenta y cinco a sesenta años;
el grupo más numeroso es el segundo. Se presume que dicho grupo había
sufrido grandes desajustes mentales y sociales, que incluye el
alcoholismo, frecuentemente asociado con su conducta. Se
ha sugerido que el impulso de abordo sexualmente a un niño refleja a
veces un sentimiento de haber fracasado en la vida adulta tanto social
como sexualmente. Aunque un adulto predispuesto a la paidofilia puede
ocasionalmente ser seducido por las inocentes y desinhibidas muestras de
afecto de un niño; sin embargo el niño no infunde a su conducta las
implicaciones sexuales que el paidófilo percibe y a las cuales responde.
Se trata de un tipo de parafilia donde sólo se encuentra perturbado el
objeto de la tendencia sexual, donde es reemplazado por otro antinatural.
Es la presencia de fantasías o conductas que implican actividad sexual
entre un adulto y un niño. La
pedofilia puede ser física o no, y va desde la exposición de los
genitales y conversaciones sugestivas, hasta el uso de material pornográfico,
incesto y violación. Se
distinguen dos variantes en la pedofilia: la sentimental homoerótica y la
agresiva heterosexual. Los
sentimentales homoeróticos tienen poco o ningún interés por las
mujeres, toda su capacidad sexual se concentra en los niños, concretándose
bajo la forma de caricias que le provocan el orgasmo. Los
agresivos heterosexuales intentan satisfacer sus impulsos con niñas, con
métodos que van desde la seducción a la violencia, terminando (muy pocas
veces) en homicidio sádico-criminal. Estudios
recientes, citados por Bernard Gallagher han observado dos tipos de
abusadores masculinos: a) los impulsivos, que en alguna ocasión abusan a
un niño y b) los pedofílicos propiamente dichos, cuya preferencia sexual
son los niños. Éstos últimos suelen organizar muy bien sus andanzas:
eligen cuidadosamente a sus víctimas a los que “entrampan”; se ubican
en lugares adonde pueden tener fácil acceso a ellos (instituciones de
cuidado infantil, colegios, entrenamiento deportivo, etcétera). Finkelhor
(1988) ha señalado que el 17% de los casos de los hechos acaecidos en
lugares de cuidado de niños son llevados a cabo por múltiples
perpetradores. Para los pedofílicos es esencial garantizarse el silencio
de su víctima, a quien seleccionan y preparan al mismo tiempo que
neutralizan la capacidad del cuidador (si lo hubiera). Esto explica cómo
personalidades socialmente respetadas en una comunidad pueden actuar los
abusos sexuales durante años sin ser detectados. En
el mismo sentido se encuentran los trabajos últimos de Robert Hazelwood y
Janet Warren, en USA que describen dos categorías principales de
abusadores violentos: a) el impulsivo, que suele actuar en forma reactiva
a la situación en que se pueda hallar por lo que la planificación de sus
delitos es mínima o inexistente (al punto de no tomar precauciones para
ocultar su acción) y que suele tener una historia criminal de diversa índole
de delitos, entre ellos de violencia física, siendo sus intereses
sexuales más bien generales, y b) el ritualístico, que se diferencia del
primero por tener una historia de parafilias (desviaciones en la conducta
sexual) diversas, una planificación cuidadosa de los escenarios adonde
pueda llevar a cabo su compleja e intensa vida de fantasía y recursos muy
desarrollados para proteger su identidad de abusador. Estos
autores recomiendan el cuidadoso estudio de los distintos parámetros que
caracterizan a estos dos tipos de individuos: sus patrones de selección
de sus víctimas, sus patrones de conducta previas al delito, el tipo más
probable de conducta ofensiva, los tipos de escenarios preferidos y los
motivos subyacentes a la particular elección que hacen de sus víctimas. También
se ha observado que el tipo de abusador sexual ritualístico suele tener más
de una conducta sexual desviada (parafilias), entre las que se suelen
encontrar voyeurismo, fetichismo y una larga serie de actividades e
intereses de tipo sádico y masoquista. La
personalidad del agresor de mediana o mayor edad es de un individuo
solitario y con dificultad para establecer relaciones heterosexuales
normales, suele tener baja autoestima, con pocos recursos para enfrentar
situaciones de estrés. Se
observa también pedófilos que no presenta trastorno psicopatológico.
Sin embargo, se ha visto que dos tercios de los reclusos pedofílicos
maduros llevaron a cabo esta conducta en momentos que sufrían de
situaciones estresantes. No
siempre sucede, pero las personas que fueron sexualmente abusadas en su niñez,
tienen la posibilidad de convertirse en pedófilas en la adultez. No se
trata de venganza, sino que sucede a nivel inconsciente e incluso puede
relacionarse a veces con el abuso de drogas. En
general, las instituciones, y aun las familias, tratan de ocultar el
problema. “Incluso hay madres que protegen al esposo abusador de los
hijos”. Entre
los serios trastornos que puede dejar en las víctimas el abuso sexual
infantil figuran: episodios de depresión aguda, conducta suicida u
homicida, desórdenes adictivos, agudo sentido de culpabilidad, baja
autoestima, severos episodios disociativos, conversión del abusado en
abusador, negación a recibir terapia. Tratar
las parafilias es un reto para la psicoterapia, la psiquiatría, la
criminología y otras disciplinas, la finalidad es que el paciente
abandone la parafilia que hace daño a terceras personas como lo son la
paidofilia, exhibicionismo, froterismo, voyeurismo, etcétera. Muchos
pacientes pueden ser ayudados a vivir más satisfactoriamente que como se
encuentran, alcanzando un mejor control consciente y auto disciplinado por
medio de asesoramiento y de psicoterapia. En
algunos casos de pedofilia el tratamiento mas beneficioso es la técnica
de la desensibilización encubierta, en la que se asocian los factores
estimulantes para el sujeto con situaciones aversivas que resultarían de
la expresión de sus impulsos; al avanzar el tratamiento se entrena a los
pacientes para que imaginen la atracción por mujeres adultas.
Frecuentemente se observa una disminución de la atracción hacia las niñas
y una disminución aún mayor en la ansiedad producida por las mujeres. Medicamentos
como antisicóticos, antidepresivos o anti-androgénicos han dado buenos
resultados en algunos pacientes. En la mayoría de los abusadores
violentos y agresivos el aislamiento social (cárcel) es lo único que
evita se siga dañando a terceras personas. Las
parafilias que no hacen daño a terceras personas en donde ambas partes de
la pareja lo disfrutan y están de acuerdo en llevarlas a cabo no
necesitan tratamiento alguno. En
síntesis: la mayoría los pedófilos son hombres, menos agresivos que los
violadores de adultos; muchos de ellos son alcohólicos o consumidores de
drogas o psicóticos de mente torpe o asociales, y su edad fluctúa entre
los 30 y 40 años. En general, son individuos débiles, inmaduros,
solitarios y llenos de culpa. Consideraciones para la prevención del abuso sexual de menores En
un documento de trabajo muy interesante, elaborado por “Guías y Scouts
de Chile” titulado “Abusos sexuales: cómo proteger a los niños de ésta
pesadilla”, se señalan como algunos ejes de trabajo para la prevención
de la pedofilia lo siguiente: a)
Trabajar para que el niño reconozca aquellas situaciones que lo pueden
llevar a ser víctima de un abuso sexual b)
Trabajar para que el niño sea capaz de contarle a un adulto cuando ha
vivido una situación de éste tipo, y que pueda confiar en que se tomarán
las medidas para preservarlo c)Trabajar
para que el niño reconozca que tiene derecho a defenderse frente al
agresor. En
el mismo documento, señalan que en el caso que el adulto elegido para
confiarle dicha situación sea su padre, sería esperable que intente
reaccionar a la situación de la siguiente manera: a)
Reaccionar con calma, dejando que el niño cuente sin presionarlo, tratándose
de que se sienta cómodo y comprendido. b)
No criticarlo ni decirle que no ha entendido la situación. c)
Respetar la privacidad del niño, llevándolo a un lugar donde puedan
hablar tranquilamente. d)
No culpabilizarlo de lo ocurrido, asegurándole que se lo va a ayudar en
ésta situación. e)
Motivar al niño para que lo pueda contar a las autoridades. f)
Consultar con un especialista en el tema. ¿Cómo
un padre o madre puede prevenir un abuso sexual? a)
Inculcando a los niños que si alguien trata de tocarles el cuerpo y de
hacerle cosas que lo hagan sentir “raro” decirle no a la persona y
decirle en seguida al padre o a la madre. b)
Enseñándole a los niños que el respeto a los mayores no quiere decir
que debe obedecer ciegamente los adultos ya las figuras de autoridad, por
ejemplo no les diga haz todo lo que te digan los mayores. c)No
forzando a los niños a besar, abrazar, o sentarse en la falda de un
adulto, si no quiere hacerlo, esto les permite retener el control y les
demuestra que tiene el derecho a decir que no. d)
Saber siempre en donde y con quien esta su hijo. e)
Ordenando a sus hijos no acercarse a extraños, que suelen frecuentar los
lugares de recreo, los baños públicos y las escuelas. f)
Este alerta a cambios de conducta que manifieste su niño que le de
indicios que ha sido victima de abuso sexual, tales como repentina
incomunicatividad, no participación en actividades negarse a ir a la
escuela, hostilidad inexplicable hacia la niñera o pariente favorito, y/o
incremento de ansiedad. g)
Estimular los programas profesionales, para la prevención al abuso sexual
de menores. ¿Cómo
actuar ante un abuso sexual? a)
Fomentar la expresión de sus emociones, hacerle hablar y que expulse
todos sus sentimientos de rabia, de agresividad, confusión entre otros a
fines. b)
Rodearle de protección. La mayor parte de los niños manifiesta un gran
temor y miedo a ser de nuevo objeto de abusos. Necesitara tiempo para
superarlo una ayuda y protección muy cercanas. Es aconsejable que si el
adulto que a abusado vive en la misma casa, se separe el menor. c)
Que el niño se sienta siempre acompañado y nunca desplazado. d)
Reducir los sentimientos de culpa en el niño. Si el niño ha participado
en actividad sexual, se debe hacer entender al niño que él no es
culpable, que él/ella no es un niño/a malo/a aunque si es verdad que el
niño/a debe saber que tales conductas son inapropiadas. e)
Haga que su niño entienda que en usted puede confiar y que usted le dará
su apoyo. f)
Buscar ayuda profesional generalmente tanto los padres como el niño/a
suelen necesitar ayuda externa de un psicólogo o psiquiatra para aclarar
y superar el incidente. Se
debe informar que el momento en que se presenta una relación de abuso, es
cuando la victima pueda tolerar esta situación aunque en el fondo este en
desacuerdo con ella. Algunas veces se presenta un consentimiento obligado
el cual el abusador se siente justificado a cometer el abuso se crea
entonces una especie de lealtad, y secretismos (la cual ha sido bajo
coerción y aún cuando la viva con mucho dolor) importante entre el
abusador y el abusado, donde el niño se ve de una personalidad
predisponente que provocaron en su momento un placer sexual que condicionó
la reiteración de experiencias la traumatización del desarrollo sexual
esperado como habitual. El parafílico intenta sobreponerse a la tragedia
del psicotrau. Por
lo general el abusador no comete el acto de forma inmediata si no que
primero se gana la confianza, establece acuerdos en la relación, poco a
poco va haciendo la propuesta disfrazándola de forma positiva y
justifican sus acciones tienden a tener una relación cordial, protectora
que le lleven a garantizar que el niño acepte su propuesta, cuando lo ha
logrado esto se tiende a mantener por los chantajes previamente
mencionados. Recordar
que este tipo de personas no presenta una personalidad delictiva están
perfectamente integrados a la sociedad pueden tener reconocimiento
personal, familiar y social. La mayoría de las veces los abusadores son
personas conocidas de la familia. A
pesar de que en los abusos sexuales pueden estar involucrados los
genitales no siempre se halla el componente sexual explícito, el juego de
la seducción es el mas común. En el caso de la violación no existe un
consentimiento de ambas partes, en este acto no existe un juego
compartido. El
abusador utiliza su poder para dominar al niño encontrándose por ende en
mayor ventaja. El niño es sólo visto como un objeto de placer y si en
esta situación no se dan las condiciones para tener sexo “hacer el
amor”, seduce para requerir la aprobación del menor (libre de
coacciones),a la hora del encuentro. La
gravedad de las consecuencias en el niño o el adolescente de una situación
de abuso dependen de: a) el tipo de agresión, b) las capacidades de
superación personal, c) las reacciones del medio familiar y social. Entre
los efectos que presentan los niños abusados son probablemente daños en
el desarrollo sexual, emocional, cognitivo y físico. Se enumeran: a)
Perdida de confianza, b) Sentimiento de indefensión, c) Ansiedad
generalizada, d) Estados depresivos, e) Disminución de la respuesta
emocional; f) dureza, o frialdad, g) Respuestas fóbicas y de miedo a estímulos
asociados, h) Inhibición intelectual - fracaso escolar, i) Confusión y/o
alteración del auto concepto, j) Confusión de los valores sociales, k)
Ideas de auto culpabilización, l) Indefensión, m) Ausencia del colegio,
n) Abandono del hogar, ñ) Conducta inapropiada para su edad, o)
Comportamientos agresivos, p)Problemas de relación : aislamiento y
hostilidad, q) Delincuencia. Otros
de los síntomas consecutivos que pueden observarse son: a) Conocimiento
sexual precoz e inapropiado conductas sexuales precoces o desadaptadas
(promiscuidad o prostitución) problemas de identidad sexual, b)
Hiperactividad, c) Cambios de humor, d) Ideas de suicidio, e) Perdida de
apetito, f) Cambios de habito de sueño y comida, g) Cambios de habito de
sueño y comida, h) Síndrome de acomodación del menor. El niño se ha
adaptado al abuso en base a una auto implicación de la realidad, i) Ideas
y pensamientos angustiantes pues no hay niño preparado psicológicamente
para hacerle frente al estímulo sexual, j) Enuresis, k) Enfermedades venéreas,
l) Quejas de dolor e irritación en la zona genital. Los
profesionales, médicos, psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales,
educadores, etcétera, que estén en contacto con los niños, deben
conocer la naturaleza e importancia de este problema, explicarlo a los niños
e intervenir adecuadamente si esto se produce y actuar teniendo en
consideración: a) el desculpabilizar a los niños, b) no magnificar la
situación, c) evitar en lo que esta a su alcance que no se vuelva a
producir la situación, d) apoyar psicológicamente al niño, d)
Incentivar programas educativos para hacer a los niños más capaces de
autoprotegerse. Algunas reflexiones médico legales Las
características de los pedófilos que realizan abusos sexuales de menores
se han estudiado en una serie de investigaciones que hasta el momento no
han presentado suficientes evidencias de carácter específico. No existe
el perfil inequívoco del pedófilo. Se
postulan diversas hipótesis: 1)
Antecedentes de haber crecido en un ambiente hostil. El hecho de haber
crecido en un ambiente infantil no protector, de abandono o maltrato físico
para algunos autores (Ifilner, 1990) parece ser una característica en
algunos abusadores sexuales pedófilos. 2)
Trastornos de la personalidad. Para otros autores (Finkelhor,1984) los
abusadores sexuales necesariamente debían presentar alguna patología psíquica,
como la inestabilidad, la inmadurez, la baja autoestima, etcétera, que
tratan de superar a través de la agresión sexual. 3)
Conflictos de pareja. Otros autores (Crivillé,1986,1987) ponen el énfasis
en la presencia de problemas maritales, el alejamiento sexual de la pareja
y la violencia familiar, es decir, se ha trabajado en la hipótesis de una
confusión e inversión de roles entre los diferentes miembros de la
familia como génesis de la abusividad sexual. 4)
Factores externos sobre una personalidad predispuesta. Se argumentado
(Millner,1990) que los abusadores sexuales son personalidades
introvertidas, solitarias, y con falta de apoyo social, sobre los que se
suele instalar factores externos desencadenantes como el alcoholismo o la
adicción a drogas (Famularo,1992). Un
modelo teórico muy aceptado es el presentado por Finkelhor, 1986, que
trata de organizar los datos existentes de manera de forma que pueda darse
respuesta a cuatro preguntas: 1.
¿por qué una persona encuentra congruente y gratificante emocionalmente
la relación con un niño? 2.
¿por qué una persona es capaz de ser activada sexualmente por un niño? 3.¿por
qué una persona bloquea sus esfuerzos para obtener gratificación sexual
y emocional de fuentes más aprobadas socialmente? 4.
¿por qué una persona no es disuadida por las inhibiciones sociales
existentes contrarias a la relación sexual con niños? Las
tres primeras preguntas tratan de explicar por qué ciertas personas
sienten interés sexual por los niños y la cuarta intenta explicar por qué
tal interés se traduce en una conducta de abuso sexual. Por
lo tanto, para que se produzca abuso sexual deben darse cuatro factores de
manera simultánea o sucesiva: a) Congruencia emocional, b) Activación
sexual por un niño, c) Bloqueo de las relaciones sexuales normales, d)
Desinhibición comportamental. La
congruencia emocional puede ser explicado por la existencia de una
importante inmadurez en los abusadores sexuales que los hace
experimentarse a sí mismo como niños, tener necesidades emocionales
infantiles, por lo tanto, deseo de relacionarse con niño. También se
puede argumentar la baja autoestima y el sentido de ineficacia personal
como factores generadores de la búsqueda de relaciones que les
proporcionen sentimientos de poder, omnipotencia y control. La
activación sexual con niños se ha separado de la congruencia emocional
al suponer que no se trata de cuestiones necesariamente relacionadas. Se
supone que puede haber necesidades de relación emocional como las
presentadas, pero que sean satisfechas de manera no sexual. Para que se
produzca el abuso sexual infantil es preciso que la congruencia emocional
se añada a un cierto nivel de activación sexual con niños. Otra cuestión
debatida es que quizá la mayoría de los varones puede encontrar
atrayente sexualmente el cuerpo de un niño o niña a partir de cierta
edad. Las posibles causas de esta mayor activación sexual se basan en las
teorías del aprendizaje social y, entre ellas, adquiere especial
importancia la experiencia de haber sido víctima de abusos sexuales en la
infancia. Se han sugerido varios caminos a través de los cuales se
produce este proceso de reproducción de las relaciones sexuales con niños,
pero entre ellos se destaca el basado en el condicionamiento clásico y en
el aprendizaje por imitación de un modelo que encuentra atrayente
sexualmente a los niños. También se ha argumentado que en algunos
abusadores sexuales se puede producir un cierto error atribucional al
asignar contenido sexual (en condiciones de deprivación) a cualquier tipo
de activación emocional interpersonal, en este caso con los niños, hijos
propios o no. (Finkelhor,1986). El
tercer factor es el bloqueo de las capacidades o posibilidades para
satisfacer las necesidades sexuales con adultos. Los sentimientos de
inutilidad personal, la conocida inadecuación interpersonal de muchos
abusadores sexuales y un distanciamiento sexual en sus relaciones de
pareja, estarían en la base de este tipo de bloqueo. La
desinhibición comportamental sería una condición necesaria para que
tales tendencias o impulsos justificados por los tres factores anteriores
se traduzcan de manera estable o esporádicamente en actos de abuso sexual
infantil. Tal como lo plantea Kinkelhor, deben superarse tres barreras:
los inhibidores internos, los inhibidores externos y la resistencia o no
aceptación de la víctima. Entre los factores que permiten la desinhibición
interna se deben citar las adicciones a determinados tóxicos (alcohol,
cocaína), la senilidad, el retraso mental, etcétera. La superación de
los inhibidores externos se produce de manera más fácil si no se
encuentra presente (física o psíquicamente) ninguna persona (por
ejemplo: la madre) que pueda cuidar de la víctima. Si se trata de un
padre no biológico de la víctima, la mayor permanencia del abusador y la
víctima solos, etcétera. Por
último, es preciso que el abusador supere la resistencia de la víctima a
través de la seducción o la amenaza o la agresión. En este sentido, un
niño desprovisto y, por tanto, necesitado de apoyo, cariño y compañía
estará en una situación de mayor riesgo para ser víctima de abuso
sexual. Un
niño sin ningún tipo de información sexual puede ser mas fácilmente víctima
de los engaños y la seducción de un abusador sexual. Para que se dé el
abuso sexual sería necesario que un sujeto experimente una cierta
activación fisiológica, es decir, serían factores individuales y
explicables a partir de las características psicológicas del sujeto o de
su historia personal. Sin embargo, los factores que contribuyen a la
aparición del abuso sexual provienen del tipo de familia en que vive el
sujeto, de aspectos culturales, de la situación general de vida del
sujeto, etcétera. Es
necesaria la presencia de los dos prerrequisitos para que se produzca el
abuso sexual, sin embargo, la existencia de problemas en la relación de
pareja, el alcoholismo, el desempleo o el aislamiento social no serían
suficientes. Únicamente serían factores que contribuyen al abuso sexual
en aquellos sujetos que presentan los factores considerados como
prerrequisitos. De
todas maneras el modelo presentado hace hincapié en abusadores
fundamentalmente masculinos (95%). Sólo se ha observado un 5% de
abusadoras femeninas, casi siempre a través de mecanismos como la
predisposición intergeneracional, la relación maestra- amante alumno o
la mujer coercionada por un varón (por miedo al abandono). Los
peritos especializados en menores deben tener los siguientes indicadores
psicológicos inespecíficos de abuso sexual en los niños: 1.
Miedo aparentemente injustificado hacia las personas adultas, sobre todo
hombres. 2.
Desconfianza hacia el adulto en sus promesas y actitudes positivas. 3.
Tendencia a la soledad y al aislamiento. 4.
Reacciones de agresión verbal o física desmesurada desde edades
precoces. 5.
Inquietud desmedida de llanto en general. 6.
Dificultad de aprendizaje y concentración en la escuela. 7.
Juegos sexuados explícitos y conversaciones permanentes sobre temas
sexuales. Comprensión de la sexual superior a lo esperado a su maduración. 8.
Malas relaciones con sus pares y dificultades para entablar amistades. 9.
Trastornos del sueño. 10.
Depresión clínica con retracción e ideación suicida. 11.
Desconfianza en las figuras significativas. 12.
Comportamiento sobre adaptado. 13.
Actitudes de sometimiento. 14.
Indicio de actividades sexuales. Finkelhor
establece un Modelo Dinámico de la génesis del trauma de abuso sexual
infantil que puede ser entendido desde cuatro componentes: a) Sexuación
traumática, b) Pérdida de confianza relacional, c) Estigmatización, d)
Sentido de pérdida o falta de poder. Esta
dinámica supone una alteración del funcionamiento emocional y cognitivo
que puede llegar a distorsionar la visión de sí mismo, las relaciones, y
el mundo en general. La
sexuación traumática se produce por la intrusión de intereses y
conductas sexuales de un adulto en el desarrollo sexual normal de un niño.
Estas conductas son inapropiadas para un niño y, al ser recompensadas con
frecuencia por los adultos pueden aprender a usarlas como estrategia para
obtener beneficios o relacionarse con los demás, adquieren aprendizajes
deformados de la importancia y significados de determinadas conductas
sexuales, así como concepciones erróneas sobre la sexualidad y ética
sexual. Por último, la sexualidad del niño puede quedar traumatizada o
gravemente afectada de numerosas formas. Los
abusos sexuales conllevan una pérdida de confianza en la relación con el
agresor. Este puede ser especialmente conflictiva cuando existen
relaciones familiares entre el agresor y la víctima. La víctima puede
ser manipulada, herida, amenazada, etcétera, precisamente por quien era
objeto de confianza. Esta ruptura de confianza en las relaciones se puede
extender a toda la familia por no haber logrado librar a la víctima de
estas experiencias, y extenderse también a todas las personas del sexo
del agresor. La
estigmatización es sentida como culpa, vergüenza, envilecimiento, pérdida
de valor, sentimientos que solo a él/ella le ocurren lo peor, etcétera.
La víctima se puede considerar marcada para el resto de la vida por las
experiencias más traumatizantes y considerarse distinta, desgraciada,
marginada, etcétera. Las
víctimas, por último, pueden llegar a creer y sentir que lo que les
sucede está fuera de su control, que no saben reaccionar ante las
situaciones, en definitiva, que tienen poco poder sobre sí mismos y sobre
cuando les sucede. En este mismo sentido se pueden volver temerosos de lo
que puede ocurrirles en el futuro, tomar actitudes pasivas y poco
asertivas, ser retraídos socialmente, etcétera. De
esta forma, los abusos sexuales conllevarían, en aquellos casos que
acaban produciendo afectos significativos, una socialización sexual traumática,
una pérdida de confianza relacional y una auto consideración negativa. Se
describen además diversos afectos a largo plazo del abuso sexual infantil
(aquellos que se manifiestan aproximadamente dos años después del
abuso). Dichos
afectos son comparativamente menos frecuentes y claros que las secuelas
iniciales. También son más difíciles de estudiar por la interacción
con otra serie de factores. Los
efectos a largo plazo descriptos en numerosos estudios retrospectivos,
relacionados con haber sufrido abuso sexual son: a) Sentimientos de
aislamiento, marginalidad, baja autoestima, y de estigmatización, b)
Depresión, ansiedad y trastornos neurovegetativos, c) Ideación suicida y
conductas autodestructivas, d) Agresividad sexual, e) Fracaso escolar, f)
Dificultad para establecer vínculos y mantenerlos, g) Participación
sexual pasiva, automatizada y ausente (prestan el cuerpo). Otra
consecuencia que puede acontecer secundariamente a un menor abusado
sexualmente son los trastornos por estrés postraumático. Esta
patología, aceptada como un diagnóstico válido recién en la década
pasada, es uno de los pocos trastornos psiquiátricos que ha sido definido
sobre la base de su etiología, y no simplemente a los síntomas fenomenológicamente
considerados. El rasgo esencial del trastorno según la definición del
Manual de diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales 4º edición
de la APA (DSM IV APA), es la aparición de síntomas característicos que
sigue a la exposición de un acontecimiento estresante y extremadamente
traumático. El
cuadro sintomático característico secundario a la exposición al trauma
debe incluir la presencia de reexperimentación persistente del
acontecimiento traumático, evitación persistente de los estímulos
relacionados a él, embotamiento de la capacidad de respuesta, y síntomas
persistentes de activación. El
acontecimiento traumático puede ser reexperimentado de varias maneras.
Habitualmente aparece bajo la forma de un recuerdo recurrente e
intrusivos, o pesadillas recurrentes donde el acontecimiento vuelve a
suceder, o estados disociativos que duran de pocos segundos a varias horas
durante las cuales se reviven aspectos del suceso y la persona se comporta
como si en ese momento se encontrara en él. Cuando
el individuo se expone a estímulos desencadenantes que recuerdan o
simbolizan un aspecto del acontecimiento traumático, suele experimentarse
un malestar psicológico intenso, o respuestas de tipo fisiológico. En
los niños con pesadillas perturbadoras sobre el acontecimiento traumático
pueden convertirse, al cabo de varias semanas en pesadillas generalizadas,
donde pueden aparecer monstruos, rescates espectaculares, o amenazas sobre
ellos mismos o los demás. Los niños no suelen tener la sensación de
revivir el pasado, de hecho es más común que la reexperimentación del
trauma pueda evidenciarse en juegos de carácter repetitivo. Hay
tres aspectos “persistente” “recurrente” y “perturbador” así
como la presencia de parálisis e hiperactividad después del trauma que
se debe considerar en el TPET. Debemos
recordar también que durante mucho tiempo en las pericias de menores
abusados se tuvo en cuenta el análisis de la realidad de las
declaraciones de Udo Undeuscht, 1967, cuyos indicadores son los
siguientes: a) Relato consistente en el tiempo (confrontación del relato
en varias entrevistas, b) Conocimientos sexuales inapropiados para la
edad, c) Descripción detallada acerca de personas lugares y tiempos, d)
Relato de circunstancias típicas y características de abuso sexual, e)
Relato de presión o coacción del agresor, f) Estructuración lógica del
relato, g) Afecto congruente con el hecho relatado (vergüenza retracción
culpa, etcétera). Experiencia en el Cuerpo Médico Forense En
el Cuerpo Médico Forense de la Justicia Nacional Argentina se ha
investigado casos de agresores sexuales en el lapso de 1990-99 a propósito
de la tarea pericial que se nos ha encomendado como médico forense. De
las pericias realizadas en el Cuerpo Médico Forense en conjunto con el
Dr. Lorenzo García Samartino y la Lic. Marta Gaziglia y que contó con la
inestimable colaboración del Departamento de Investigación del Cuerpo en
las personas de la Dra. Graciela Eleta y el Lic. Carlos Gatti. En dicha
investigación se tomaron en cuenta de todas las pericias que llegaron al
Cuerpo Médico Forense, aquellas que en ese lapso, hubimos intervenido los
mencionados peritos. Teniendo
en cuenta las conclusiones de dicha investigación se han rescatado a los
fines de este trabajo la observación particular de las víctimas menores
de edad, para poder hacer algunas consideraciones a propósito del tema
del abuso sexual infantil. Del
total de 160 pericias realizadas en ese lapso, la composición de la
muestra comprendía 106 imputados, 39 víctimas y 15 involucrados con el
delito sexual investigado. El
estudio de la personalidad del delincuente fue el centro de nuestra
investigación, por lo tanto el análisis de la conducta delictiva se hizo
en función de la personalidad total del individuo y su inseparable
contexto social. El
individuo realiza continuas tentativas de adaptación al mundo en que se
desarrolla y vive; el investigador debe descubrir el valor y la
significación que ese mundo adquiere para él. La significación y la
intencionalidad de la conducta constituyen un todo organizado (portador de
un sentido) que se dirige a un fin. Teniendo
en cuenta la investigación mencionada, podemos hacer ahora algunas
reflexiones sobre los imputados de delitos sexuales con relación a las víctimas
de abuso sexual infantil. De
las peritaciones de imputados(106 casos) estaban involucrados con víctimas
mayores 35 casos y con menores 71 (ver fig 1). De
las víctimas investigadas se pudo observar que sobre un total de 39
casos, 26 de ellas, eran menores de edad, y el resto 13 mayores como se
puede ver en la fig 2. De
los 26 casos en que las víctimas fueron menores se pudo observar que 15
de ellas los imputados eran personas de su grupo familiar (imputados
intrafamiliares), mientras que 11 correspondían a imputados
extrafamiliares. Ver fig 3. Como
se puede observar llama la atención que las denuncias de delitos sexuales
en el ámbito extrafamiliar se mantengan en una misma proporción a través
del tiempo mientras que las que involucran a un miembro de la familia haya
tenido una mayor prevalencia entre los años 1994 y 1996. Quizás este
hecho se atribuya a la ley de violencia familiar que fue legislada por
esos tiempos. En
cuanto a que miembro intrafamiliar fue el más denunciado se muestra
significativamente que el padre fue ampliamente el más imputado, seguido
por el padrastro (ver Fig. 4). Es
notorio también que el tipo de delito sexual que se le imputa al miembro
intrafamiliar es significativamente predominante el abuso deshonesto sobre
el de violación a diferencia de los imputados extrafamiliares en que
predomina la violación. A
propósito de los delitos sexuales intrafamiliares haremos una breve
descripción de la familia incestuosa. Estudios
recientes sobre abuso sexual infantil se han estudiado muy cuidadosamente
la psicodinámica de las familias en las que se lleva a cabo el incesto.
Si bien el porcentaje de familias de clase media es más alta que lo que
se pensaba, la incidencia mayor se encuentra entre las familias de bajos
recursos y que viven en zonas aisladas como lo son algunas rurales. De
todos los tipos de incesto, el más frecuente es el de
padre/padrastro-hija. El padre/padrastro suele tener un pasado de privación
afectiva o de rechazo de su madre y de abandono por el padre. Presentan
trastornos psicológicos que van de medianos a francamente psicóticos,
siendo los diagnósticos más comunes los de pedofilia, personalidad
dependiente, y desorden paranoide de la personalidad y patológicamente
obsesionados con el sexo. La ingestión excesiva de alcohol es
frecuentemente encontrada (en algunos estudios, el 25% de los encarcelados
por este delito eran alcohólicos; en otros, las cifras arrojan 48,9% y
hasta 80%, las diferencias dependiendo generalmente de las diferentes
definiciones de alcoholismo. De cualquier modo, la presencia del exceso de
alcohol también debe ser un factor a ponderar). La
hija más vulnerable suele ser la mayor, en especial si está ocupando el
rol de su madre y si como ésta, es pasiva y dependiente. La madre suele
también ser una persona que ha sufrido privaciones afectivas en su
infancia que la han llevado a no poder expresar afecto hacia el marido y
los niños. (a veces ha sido sexualmente abusada y sufre de anorgasmia y
se muestra hostil con su marido). Ha
sido frecuentemente descripta como dependiente, infantil, masoquista y
patológicamente ligada a su propia madre rechazante, con una falla muy
importante en su capacidad de cuidado y en poder actuar para frenar el
abuso. En
el abuso padre/padrastro-hijo, muchísimo menos frecuente que el anterior,
suele encontrarse a un padre con fuertes problemas con su propia madre que
lo ha rechazado en la infancia. Suelen sentir rechazo hacia la mujer y
tener impulsos homosexuales, muchas veces vividos dentro de la familia de
origen con hermanos, primos o tíos, inclusive el propio padre. El consumo
de alcohol está a menudo presente en los episodios de incesto. El hijo
puede haber tenido experiencias homosexuales simultáneas o posteriores a
los abusos paternos. La madre suele estar asociada al incesto “no dándose
cuenta” de lo que sucede; es más poderosa de lo que muestra y tiene
actitudes “castradoras” y “manejadoras” con los hombres, tomando
una acción protectora sólo después de que el incesto ha sido conocido
en la comunidad. El
incesto hermano-hermana, es para algunos la forma más frecuente de
actividad incestuosa, siendo la hermana menor en una familia de varios
varones la que tiene mayor riesgo. Otros tipos de incesto, tales como el
madre-hija y madre-hijo son menos frecuentes en ese orden. En
resumidas cuentas, las familias donde se produce el incesto son sistemas
disfuncionales donde los roles y las fronteras están confusos. Las
biografías de los involucrados, el sistema familiar y el estudio por
parte de asistentes sociales del medio familiar extenso y el laboral y
social en que éstos se desempeñan, amén de los testimonios de amigos,
parientes y compañeros de trabajo, cobran una vital importancia en el
momento de la ponderación de la coherencia de los relatos infantiles
colectados y la probabilidad de que éstos tengan congruencia en su
conjunto y que no estén influidos por adultos. Reflexiones sobre la observación de falsas denuncias La
pregunta que se impone es: “¿Cómo distinguir cuándo son verdaderas o
falsas las declaraciones de niños en casos de alegado abuso sexual?”. 1.
Es indudable que se han observado casos de denuncias de abuso sexual que
luego se ha comprobado que no ha sucedido, sobre todo cuando el imputado
es una persona intrafamiliar. Como
dice Eduardo Padilla el aumento de falsas alegaciones se atribuye a que el
abuso sexual era antes un secreto del cual la sociedad no hablaba; en los
últimos tiempos, se ha hecho “popular” como tema en los medios
masivos de comunicación por lo tanto, la mejor manera de descalificar
moralmente a alguien y sacarlo del medio en disputas por tenencia, visitas
y alimentos y venganzas diversas es la acusación de abuso sexual como
antes lo hubiera sido el adulterio, consumo de drogas u homosexualidad:
hoy estos motivos conmueven poco. Estudios
internacionales realizados ya por Elterman y Ehrenberg (1991) al respecto:
el número de falsas alegaciones de abuso sexual ha sufrido una escalada
impensable hasta hace poco. En el CMF se observado un aumento de denuncias
después de implementarse la ley de violencia familiar. Elwell
y Ephross (1987) y Pine (1987), han escrito sobre los potencialmente
devastadores efectos que sobre la vida de los niños pueden tener las
alegaciones falsas de abuso sexual, aun cuando luego se pueda aclarar
debidamente la situación, ya que el vínculo con el progenitor acusado
puede quedar irremediablemente dañado por el sufrimiento vivido. En
definitiva, el sistema de protección del niño puede estar en grave
riesgo. De
manera tal que los instigadores como Brooks y Milchman (1991), recomiendan
preguntarse: a) si el niño fue abusado como se está diciendo; b) si fue
abusado pero no por el que se alega lo hizo, c) si alguno de los padres
está mal interpretando equivocadamente los usos y prácticas normales que
se llevan a cabo como parte del cuidado e higiene de un niño, d) si
alguno de los adultos puede querer obtener la tenencia completa. Entonces,
¡no tiene ningún valor el testimonio de los niños!. Por supuesto esto
último no es así, la actitud inicial frente al relato infantil debe
seguir siendo la de creerlo. Frente
a este dilema es forzoso distinguir - antes que nada - la actividad que
corresponde a los tribunales de justicia de la que debe ser la actividad
del terapeuta como tal. En los países experimentados en el tema, todo
material recogido en el ámbito terapéutico no es tomado como prueba en
los procesos. En
esta tesitura, si las entrevistas de propósito diagnóstico han tomado el
giro de “terapéuticas”, tal el caso de los entrevistadores que ven al
niño diez o veinte veces, empeñados en que éste vaya develando el
abuso, el material así resultante es inmediatamente desechado por la
sencilla razón de que no tiene valor probatorio alguno. 2.
Otro factor a tener en cuenta es el de la memoria infantil. La memoria
humana es constructiva y selectiva, esto es, no existe un registro como el
obtenido por un grabador o una video cámara. Esta memoria, llena de los
baches más diversos, puede variar y ser “rellenada” por la influencia
de factores diversos, y todos sabemos lo difícil que nos resulta
reconstruir un hecho del que hemos sido testigos y de la multiplicidad de
relatos distintos que en estas situaciones se pueden recabar. En
los niños, en particular los más pequeños, la memoria funciona en
cierto sentido en forma similar a la de los ancianos: los hechos se borran
con mucha facilidad y si se insiste desde una posición de poder e
influencia, es muchas veces posible rellenar el hueco con otros
“sucesos” que se quieran instalar como reales (co-construcciones) Es
cierto también que los niños pueden - y de hecho lo hacen - mentir con
diversos propósitos, por ejemplo para evitar una reprimenda o para
parecer más importantes o para guardar un secreto en un juego. También
está comprobado que los niños menores de siete son incapaces de inventar
una historia con el propósito deliberado de perjudicar a un tercero. De
esta manera, cualquier historia no verdadera de abuso sexual, no ha sido
inventada por el niño pequeño ni es el resultado de una mentira propia:
ha sido instalada, por diversos motivos en la mente infantil por uno o más
adultos, y no es infrecuente que en esto se hayan prestado sin quererlo a
conciencia, los profesionales llamados a intervenir, especialmente si se
encontraban dispuestos a comprobar a toda costa que el abuso existió y si
se han abanderado en una “campaña” a favor de una de las partes. Una
vez instaladas como memorias ciertas, hechos que no sucedieron, el niño
los sostendrá como tales. Inversamente y con similares procedimientos, en
algunos casos se puede lograr que hechos sucedidos sean borrados, y el niño
sostendrá que no ocurrieron. Este es un concepto absolutamente
fundamental a tener presente. Si para colmo a ese niño se lo ha
convencido de que está defendiendo una causa justa, que su rol es protagónico,
que de sus declaraciones depende que el “malvado” sea encarcelado y
que así cese el peligro de la venganza que éste se tomaría contra él y
la madre en caso de quedar libre, no es raro que veamos a un pequeño
“cruzado” que llevará ante quien lo quiera ver el estandarte de la
perversión del adulto en cuestión, heroica y absolutamente convencido de
estar salvando a todos al proclamar “la verdad”. Este
sostener convencido del niño en el cual se ha co-construido una historia
no verídica es de tal naturaleza que hace imposible que aún los
profesionales mejor entrenados en el tema puedan discernir si los hechos
realmente sucedieron o no, como lo reconoció la experta británica, Dra.
Danya Glaser con toda honestidad. Ella advierte cuando se ha discutido
sobre este punto, sobre todo cuando se habla que “el tono emocional no
se dicta”, tonalidad que serviría para discernir si la historia es
verdadera o inducida. La “música emocional” que escucharemos en los
casos en que ha habido una co-construcción será la coherente con la
convicción del niño de que ha sido efectivamente objeto de actos
malvados por parte del adulto imputado. Bentovim
ha alertado con respecto a una de las pocas señales que pueden ser útil
en lo que al relato infantil se refiere a cuando los niños son
preguntados sobre situaciones bien concretas, tales como la erección
peniana, si los hechos invocados, tales como penetraciones, no han
sucedido, este tipo de información es eludida o resulta desconocida para
el niño. 3.
Existen seis veces más acusaciones de abuso sexual en familias en las que
hay disputas de divorcio, tenencia y visitas, que en las familias en que
esto no está sucediendo. Luego:
¿el niño habló primero sobre el tema con un tercero (maestra, amigo,
pariente) antes que con la madre, por caso? La mayoría de los casos
falsos provienen de madres que hablan de lo que el hijo les “habría”
hablado, como lo han consignado, entre otros, Benedek y Schetky, 1985;
Jones, 1985 y Bentovim, 1977. Si
una persona adulta y con influencia sobre un niño lo induce a tomar como
ciertos hechos que no acontecieron, una vez que se forma una construcción
de este tipo en su mente, ese niño actuará y hablará con la mayor
convicción de que está en lo cierto. Más aún será así, si dichos
relatos son repetidos a través de un tiempo suficientemente prolongado y
máxime si son reforzados por otras múltiples entrevistas a cargo del
equipo profesional. No es que estará mintiendo o fabulando adrede, sino
que estará convencido (tan convencido puede llegar a estar que será muy
difícil conseguir que se rectifique aún si se le demuestra que los
hechos no sucedieron). Estos
adultos inductores pueden estar actuando de buena fe, con la mejor intención,
- y en el caso de los profesionales, amén con grave desconocimiento -
luego de presumir que algún hecho sexual aberrante ha acontecido. En
otros casos, la persona puede estar movida por deseos de venganza, celos,
o, intereses económicos. 4.
Cuando existe disputa parental, cuanto más intensa es ésta (aunque se
desarrolle en forma subliminal), mayor probabilidad hay de que los niños
sean involucrados y que comiencen a mostrar signos de trauma emocional y
desórdenes de conducta. (Amato y Keith, 1991; Hetherington,1989; Tschan,
Johnston, Kline y Wallerstein, 1989). Si
esto resulta así, le será difícil al evaluador discernir cuánto de
esto es debido al divorcio y cuánto a posible abuso sexual. Todo ello
significa que la prudencia con que se deben elevar los informes periciales
al tribunal recomienda que se mencione explícitamente esta natural
dificultad. El no hacerlo puede constituir una falla ética. Se
ha observado también (Faller, 1991) que contrariamente a lo dicho se
puede encontrar en la dinámica familiar en casos de abuso, que hay madres
que les cuesta muchísimo aceptar que el cónyuge pueda haber estado
abusando sexualmente a sus hijos. Contrariamente a este caso, otras no les
cuesta creer que su marido pueda estarlos abusando aunque no sea cierto. Otras
madres pueden percibir en forma distorsionada señales afectuosas, tales
como besos y abrazos por ejemplo entre una niña y el padre en el
encuentro o en la despedida, como sexuales y de allí en adelante, si se
ponen en marcha mecanismos para impedir los encuentros, e influir en los
“recuerdos” infantiles. Se
debe reparar también en el tipo de personalidad del progenitor que tiene
la custodia y que motoriza la denuncia: si bien pueden no aparecer señales
de psicopatología, no es infrecuente que muestren personalidades de tipo
paranoide, histriónica y manipulativa, o con tendencias “borderline”.
(Benedeck y Schetky, 1985). Otras, aunque más infrecuentes veces, se
notarán aspectos de tipo delirante. 5.
Otro recaudo a tener presente es el de la calidad y preparación del
entrevistador a cargo del diagnóstico. Éste debe tener un entrenamiento
especial en el preguntar a niños sobre la ardua cuestión de si el abuso
existió o no. Es perentorio además que el entrevistador tenga una
extensa práctica previa en el contacto con niños sin historias de abuso Las
entrevistas para diagnosticar abuso no son fáciles, para empezar porque
es muy fuerte la carga emocional que conllevan. También es fundamental
que la persona entrevistadora no tenga un especial empeño en “descubrir
o develar” abusos sexuales: debe ser lo más neutral posible y abierta a
que los hechos invocados quizás no sucedieron. Este
es uno de los motivos que hacen casi imprescindible que sean grabadas,
preferentemente en video tape, y que sean llevadas a cabo con la presencia
simultánea de otro profesional, ya sea en el mismo recinto o en Cámara
de Gesell. Los
registros obtenidos servirán también para evitar que el niño sea
interrogado por varias personas diferentes en ocasiones múltiples, con lo
cual, por un lado se disminuirá la carga traumática para el niño que
las repeticiones conllevan, la contaminación del material y con ello la
continua re-instalación en el niño de los hechos invocados, y por otro
lado, la posibilidad de reexaminar junto a otros colegas cuántas veces
sea necesario, el material obtenido. Otra
zona de riesgo es la de los entrevistadores que recurren a sus
“interpretaciones” para exponerlos como hechos ciertos frente a los
tribunales, Es
demasiado fácil caer en poderosas subjetividades, sobre todo, si el
entrevistador está preparado para ver a alguien que “seguramente” ha
cometido un acto delictivo, todo lo cual hace entrar a todos estos
procedimientos interpretativos en la categoría de poco prudentes para
estas situaciones (de hecho, no son utilizados en los países con más
conocimiento y preparación en abuso sexual de niños). Ya el mismo Freud,
con su profundidad y agudeza nos lo advirtió cuando dijo: “Un cigarro
es un símbolo fálico; pero muchas veces es sólo un cigarro”, mientras
pitaba con fruición el suyo. 6.
La primera forma de inducción de un adulto puede provenir de una
re-definición de un acto que en sí mismo es inocente, tal como vimos en
el caso de la madre arriba comentada: ¿tu papá te tocó la cola alguna
vez? (lo cual muy lógicamente puede haber sucedido en ocasión de la
higiene, por ejemplo), será leído por el niño como “papá te tocó y
eso -por el tono del que pregunta- se ve que no está bien”. Muy rápidamente
el niño se defenderá diciendo: “yo no quería, pero él lo hizo
igual”, luego no es infrecuente que el niño “adorne” con más y más
información en el sentido de lo que él percibe que el adulto quiere oír.
7.
Durante bastante se ha sostenido que los relatos no verídicos rondaban el
3 al 4%. Pero los últimos estudios elevan esta cifra a un 10% (Danya
Glaser, en efecto, una importante investigación de Jones y McGraw,
efectuada en Denver sobre 576 casos, arrojó que un 6% de las acusaciones
eran falsas y basadas en mentiras deliberadas y un 17% no eran verdaderas
aunque basadas no en mentiras sino en errores de buena fe, lo cual arroja
un total de un 23% de situaciones no verdaderas y en cuanto a sus
consecuencias, iguales en su nocividad. 8.
El mismo recaudo se debe observar cuando se evalúan los dibujos y juegos
de los niños en las entrevistas: mucho material interpretado como
indicativo de abuso sexual lo fue porque no se tuvo en cuenta el contexto
general en que el material fue obtenido, (D. Glaser), esto es, el grado de
la influencia de adultos y la co-existencia de “entrevistas oficiales”
de juegos y dibujos con los efectuados “extraoficialmente” en casa por
algún progenitor. Demás
está decir que un experto debe tener bien presentes datos tales como que
el 50% de los niños no abusados cuando juegan con muñecos anatómicamente
correctos introducen un dedo en la abertura anal o vaginal de la muñeca y
que la mayoría de ellos tomaron al muñeco de su pene para revolearlo: y
que tales actitudes fueron tomadas como “patognomónicas”. Está también
debidamente comprobado, que muchos de los signos indicadores de abuso
-inclusive conocimientos sexuales inapropiados para la edad- aparecen
también en niños no abusados cuando han sido sometidos a repetidos
interrogatorios sobre el tema. Lo que es más, estudios recientes (Hibbard
y Hartman, 1990), muestran que no existe diferencia significativa en la
frecuencia de dibujos de genitales en niños abusados de niños no
abusados. En
resumen: si ha habido una co-construcción de una falsa memoria, los
dibujos, juegos y actitudes del niño pueden mostrarse similares a los que
se obtienen de niños que han sido efectivamente abusados. Asimismo,
especiales recaudos deben ser tomados cuando la sintomatología presente
puede corresponder a estados post traumáticos por divorcios y feudos
entre los padres. No existen signos “patognomónicos” y es de obligación
ética de los peritos en los casos judiciales que adviertan de esto al
tribunal. 9.
Otro punto a tener muy en cuenta es cuál fue la actitud inicial del
adulto que recibió el primer relato infantil. Las
reacciones primeras del cuidador se deben evaluar con todo cuidado puesto
que pueden ser muy indicativas de cómo se puede haber ido desarrollando
un proceso de construcción, primero en el mismo adulto y luego desde éste
en el niño (co-construcción). 10.
Cuando los interrogatorios han sido más de uno o dos, la certidumbre de
los resultados se va desvaneciendo con su número El
experto Stephen Ceci dice que las entrevistas repetidas y preguntas
repetidas a través de las entrevistas incrementan el riesgo de
contaminación si los entrevistadores han estado inclinados a encontrar
abuso. Estas técnicas permiten una avenida de introyecciones de
desinformación que si se repiten un número suficiente de veces, pueden
ser incorporados por el niño. Como
ya hemos dicho, es imprescindible entonces distinguir entre entrevistas
terapéuticas de entrevistas diagnósticas, las que tienen como diferencia
tanto sus propósitos como el número de ellas y el tipo de actitud del
entrevistador o del terapeuta (en las segundas). El argumento tiene que
ver con la evidencia científica de que un profesional “convencido” de
que los hechos sucedieron, casi siempre tenderá a obtener del niño
respuestas que avalen su creencia. Corolario De
todo lo expuesto y a manera de síntesis podemos decir que de experiencia
médico forense, sobre todo en la peritación de adultos presuntos
victimarios de abuso sexual de menores, hemos observado parafílicos pedófilos
e individuos considerados “normales” desde el punto de vista
psicosexológicos, de manera tal que, cualquier individuo puede estar en
condiciones potenciales de ser un abusador sexual. No debemos olvidar que
individuos con tendencias o inclinaciones parafílicas no necesariamente
tiene que ser por ello un abusador sexual, en tanto y en cuanto no cometa
un delito sexual, por lo tanto, hay que recordar que las tendencias
predisponen pero no determinan, hecho importante al momento de emitir un
dictamen o al testimoniar en un Juicio Oral. Por
otra parte debemos saber que los menores abusados existieron y existen,
tanto por victimarios extrafamiliares como intrafamiliares, pero al
momento de realizar las pericas médico legales debemos tener presente que
las falsas denuncias también existen, sobre todo cuando las causas que se
alegan tienen como presuntos abusadores a personas en el ámbito familiar. Bibliografía 1. Abraham, S y Passini, W Introducción a la Sexología Médica. Ed.Grijalbo, Barcelona 1980. 2. Achaval, A. Delito de Violación. Ed. Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1979. 3. Alvarez Gayou, J. L. Sexología Integral. Manual Moderno, Mexico, 1986. 4. Alzate, H. Sexualidad Humana. Ed. Temis, Bogotá, Colombia, 1988. 5. A.P.A. DSM IV. Breviario Criterios diagnósticos. Masson, Buenos Aires, 1995. 6. Ausubel, J. y Pressey, L. Familia y sexualidad. Ed. Paidos, Buenos Aires, 1965. 7. Bentovim, Arnon : “Cleveland, diez años después- Lecciones para los profesionales de la Salud Mental”. Editado por Fundación Familia y Comunidad- (traducción de E. J. Padilla) - Bs. As., mayo de 1997. 8. Beezley Mrazek, Patricia y Kempe C. Henry (editores): “Sexually Abused Children and their Families”, Pergamon Press, USA, 1987. 9. 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Figura 2
Figura 3
Figura 4
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