Lenguajes, cuerpo y afectos

María Martina Casulloi

Sumario

En este trabajo planteamos la necesidad de abordar, especialmente en las tareas de psicodiagnóstico, el cuerpo como un vehículo o ámbito de la expresión emocional, así como de determinado tipo de información.

Existe un lenguaje corporal de la misma manera que existe un lenguaje verbal y otro relacionado con el actuar.

Numerosos trabajos concretados en la última década dan cuenta de la imposibilidad conceptual y metodológica de referirse a un "cuerpo" desvinculado del contexto sociocultural en el que participa y de una representación subjetiva que le otorga un significado particular.

Palabras clave

Cuerpo, somatizaciones, afectos, cultura.

Summary

Languages, body and feelings

This paper presents our concerns related to the need psychologists have, mainly when they work in psychodiagnosis, to consider the "body" as a field or area to express human emotions as well as to process information.

There is a corporal language as well as verbal or acting ones.

Many studies developed during the last ten years show that there is a conceptual as well as a methodological impossibility to talk about a human body disconnected of its sociocultural context or its subjective representation; both of them give the body a particular meaning which has to be taken into account.

Key words

Body, somatizations, feelings, culture.

Introducción

A partir de nuestra participación en las investigaciones sobre alexitimia en pacientes psicosomáticos concretadas en el Hospital "T. Álvarez" de la ciudad de Buenos Aires, bajo la dirección del Dr. Roberto Sivak, nos fuimos interesando en el estudio de las relaciones posibles entre el Cuerpo, los Afectos y los diversos Lenguajes en que pueden expresarse, y el contexto sociocultural en el que los comportamientos humanos se manifiestan y estructuran (Casullo, 1996).

Este foco de interés inicial nos guió hacia una reconceptualización del constructo alexitimia, planteado en sus inicios con sentido negativo (una imposibilidad del paciente o cliente de poner en palabras sus afectos). La lectura de varios trabajos de investigación, algunos de los cuales citamos en la bibliografía, como los propios estudios realizados, hacen posible que hoy podamos abordar el tema que nos convoca desde una perspectiva más global e integradora.

La influencia del subsistema cultural en la estructuración de las patologías diversas así como en su epidemiología, incidencia, patrón clínico y respuesta a distintos tipos de tratamiento (psicoterapia y farmacoterapia) ha sido muy analizada en las últimas tres décadas por autores diversos (Murphy, 1965; Ellinberger, 1965; Serpell, 1976; Marsella, 1978; Bebbington, 1978; Pfeiffer y Schoene, 1980; Van Moffaert y Vereecken, 1989; Leff, 1977; Kleiman, 1980; Pagés Larraya, 1980_1985; Lucas y Barrett, 1995; Ngokwey, 1995; Dressler, 1985; Chang, 1985).

El cuerpo en la exploración psicodiagnóstica

Todo proceso psicodiagnóstico tiene como objetivo describir, analizar, comprender y explicar los distintos factores o variables estructurantes de los malestares que aquejan a un sujeto o grupo, así como delimitar la interacción posible entre ellos y poder discriminar el peso relativo de cada uno en la conformación de esos malestares o sufrimientos humanos.

Como bien lo señala T. Millon (1991), frente a la necesidad de lograr la explicación deseada o solicitada, en nuestro quehacer profesional operamos con esquemas o sistemas clasificatorios que posibilitan ordenar la información en base a la cual trabajamos.

Toda clasificación, en forma explícita o implícita, propone un conjunto de categorías a fin de que podamos asignar a ellas elementos (patologías, procesos), basándonos en ciertos atributos o relaciones compartidas.

En el campo del trabajo clínico denominamos a dicho proceso exploración diagnóstica.

Un sistema clasificatorio ordenador requiere que podamos elaborar un conjunto de atributos, precisar algunos de sus indicadores así como determinar los criterios de inclusión y exclusión de dichos atributos en función de las categorías delimitadas.

El sistema clasificatorio es una herramienta necesaria que hace posible la organización de la información. Nos facilita la construcción de los datos en base a los cuales analizaremos la problemática que nos ocupa.

La exploración psicodiagnóstica opera, en el campo clínico, con un delimitado tipo de atributos: síntomas, signos, características inferidas acerca de rasgos o estructuras de la personalidad sana y enferma.

Tales atributos, según Millon, pueden ser de dos tipos: funcionales y estructurales.

Se consideran funcionales los siguientes:

1. La presentación conductual que la persona o grupo hace de los malestares que los aquejan. Nos interesa conocer qué hacen y cómo lo hacen. Esta información se obtiene fundamentalmente a través del registro de datos referidos a los comportamientos manifiestos y al relato verbal.

2. Información relativa a las conductas interpersonales, el modo predominante de relacionarse con los otros, los valores y las creencias.

3. Cómo organizan las personas su manera de pensar y de comunicar sus ideas. Qué peso tienen en ello las expectativas sociales, las pautas de crianza, los valores del entorno en el que se desempeña.

4. Cómo se expresan afectivamente, el estilo de comunicación de la vida emocional.

5. El tipo y forma en que operan los mecanismos inconcientes, cómo concretan los procesos de autoprotección y de elaboración de conflictos.

Consideramos atributos estructurales los siguientes:

1. La Autopercepción. Interesa conocer las Autoimágenes en tanto objetos, cómo aparece el "sí mismo" identificable y a la vez diferente, dado que las personas se diferencian en el grado de claridad y exactitud que logran en sus introspecciones.

2. La Configuración Internalizada. Obtener información relativa al registro diacrónico de las distintas experiencias vividas a lo largo del ciclo vital personal, cuál es la naturaleza y el contenido del mundo interno de cada sujeto. Qué se recuerda y cómo se lo recuerda. Incorporar tanto aspectos de la memoria individual como de la memoria social o colectiva.

3. La Organización Intrapsíquica; cuál es la fuerza estructural y la eficacia funcional del sistema de personalidad.

El sujeto humano como objeto del psicodiagnóstico

Nuestro objeto de conocimiento es el ser humano, a quien definimos como un "sistema complejo" siguiendo las propuestas que al respecto formula muy acertadamente R. García (1992). En tanto sistema complejo, está integrado y conformado por diversos subsistemas en interacción permanente. El cuerpo es parte de ese sistema global e integra uno de los subsistemas que lo componen y hacen posible su existencia.

Este cuerpo es un vehículo o ámbito de la expresión emocional, así como del procesamiento de determinado tipo de información (Kliger, 1990).

Existe un lenguaje corporal de la misma manera que existe un lenguaje verbal y un lenguaje vinculado con el "actuar".

En muchas oportunidades el cuerpo es utilizado para expresar y afrontar situaciones de angustia y estrés, tanto de características personales como psicosociales, produciéndose las denominadas somatizaciones (Kleiman, 1982).

Como bien lo señalan Moffaert y Vereecken (1989), cuando entre el profesional y el paciente y/o cliente existen diferencias lingüísticas marcadas (el paciente es un migrante, un refugiado, alguien de un grupo etario muy diferente), los profesionales de la salud mental tienden a dar más peso a las expresiones somáticas que al esperado reporte verbal. Esto conlleva, casi inevitablemente, a que si es un médico, sólo pueda percibir dolencias físicas; si es psicólogo, es probable que tienda a pensar en un proceso represivo o en resistencias al tratamiento.

Una somatización generalmente es entendida tanto como la expresión corporal de un malestar emocional, en ausencia de una patología orgánica definida, como en términos de una amplificación de los síntomas presentes en una patología física ya establecida.

Interesa destacar que el lenguaje del cuerpo tiene que ser abordado y entendido como tal, y que sus consecuencias adaptativas o no adaptativas deben ser evaluadas en relación con variables personales, culturales y sociales. Estas consideraciones son de enorme importancia psicodiagnóstica.

El cuerpo, como tal, es otra dimensión de expresión de la identidad, del "sí mismo" (self) (emociones, cogniciones, memorias); debemos prestar consideración a las "praxis del cuerpo" (Scheper-Hughes, 1991).

Numerosos trabajos concretados en los últimos años en el campo de la etnopsiquiatría (Gaines, 1992), la psicología cultural (Shweder, 1991, 1993), la antropología de las emociones (Lutz y White, 1986), antropología psiquiátrica (Good 1992, 1994), dan cuenta de la imposibilidad conceptual y metodológica de referirse a un "cuerpo" desvinculado de una dimensión sociocultural en la que está inserto, y de una "representación subjetiva" que le otorga un significado particular.

El cuerpo es algo más que un campo propicio en el cual los sujetos proyectan o instalan sus malestares psicológicos.

La tendencia, en una vasta proporción de seres humanos, a usar lo corporal como vía de comunicación de afectos, intenciones y actitudes, desborda el campo de lo estrictamente clínico y nos lleva a pensar en términos de procesos de aculturación y socialización, relaciones sociales de poder.

Continuar pensando en términos de una dicotomía psicológico-somático, aunque puede resultar operativo, refleja la persistencia de una concepción esencialmente dualista que impide la comprensión de los comportamientos humanos de una forma unitaria e integradora.

Necesitamos una nueva terminología que posibilite investigar y conocer mejor la interdependencia permanente de los procesos mente-cuerpo, tanto en función de procesos sanos como mórbidos.

No hay duda que, a las puertas de un nuevo siglo, una de las áreas de mayores desafíos vinculadas con lo que acabamos de expresar está relacionada con los estudios sobre psiconeuroinmunología. Los años próximos darán cuenta de lo que estamos expresando en este momento.

El cuerpo, como aspecto importante en la constitución del self, tiene un poder comunicativo de relevancia. Lo corporal no debe ser visto sólo como área de manifestación de conflictos psicológicos reprimidos o sin resolver.

La práctica médico-clínica que tanta influencia ejerce en nuestro trabajo como psicólogos clínicos, en cierta manera ha "estigmatizado" el lenguaje corporal transformándolo en "neurosis de conversión", "trastorno hipocondríaco" o "patología psicosomática".

Aquellos que desempeñamos tareas de investigación y evaluación psicológica en áreas como la educación y la salud, estamos mucho menos atravesados por este sesgo.

Todo comportamiento humano es psicosomático; hay una manera más correcta de expresar esta idea: toda acción humana es psico-socio-somática y se concreta en situaciones contextuadas que le asignan una significación específica y peculiar.

Como bien lo expresa Bruner (1992), nuestros actos son actos con significados, que les son conferidos tanto por el sistema de valores y creencias vigentes en diferentes contextos culturales como por una historia personal que nos conforma en estrecha vinculación con el momento sociohistórico que nos toca vivir. A la vez son posibilitados por procesos neurofisiológicos que sirven de base para su desarrollo y estructuración.

Nuestro trabajo docente vinculado con la formación de psicólogos tanto a nivel del grado como del postgrado, permite verificar que este cuerpo humano tan presente hoy, sólo aparece cuando pensamos en una comprensión de los "trastornos psicosomáticos", de lo patológico, y está, lamentablemente, demasiado ausente en la mayoría de las clases y encuentros donde se intentan estudiar los procesos psicológicos sanos. De la misma manera que lo "psicológico" parece estar presente en la formación médica sólo cuando se trata de buscar una respuesta a situaciones enfermas que no responden a tratamientos orgánicos convencionales.

El cuerpo y su relación con el proceso salud-enfermedad

¿Son la psicológica y la somática dimensiones diferentes en las que se expresa un mismo fenómeno o tal categorización dicotómica está expresando en sí misma una concepción cultural?

En un trabajo interesante, Ángel y Thoits (1987) proponen un modelo en base al cual analizan el proceso a través del cual las personas reconocen y evalúan sus estados afectivos y sensaciones corporales como síntomas, es decir, en tanto indicadores de un estado posible de enfermedad.

Según esos autores, el que los mismos puedan clasificarse como sintomáticos va a depender tanto de factores histórico-individuales como socioculturales.

Las prácticas de todo colectivo social relacionadas con la salud y la enfermedad implican o suponen un sistema subcultural que opera a tres niveles:

1. El de las creencias y prácticas hegemónicas;

2. El relacionado con la existencia de prácticas diagnósticas y terapéuticas subalternas;

3. Las posibilidades de acceso al sistema de salud.

En toda evaluación diagnóstica interesa de manera especial poder comprender las circunstancias en las que las personas categorizan sus problemas como psicológicos y los diferencian de los que no lo son.

El proceso que todo diagnóstico debe considerar supone poder discriminar entre:

a. La toma de conciencia sobre modificaciones en el estado físico y/o afectivo;

b. Una evaluación de tales cambios y su categorización en términos de orgánico/psicológico, serio/intrascendente;

c. Las decisiones relacionadas con cómo actuar frente a ellos.

Una persona puede verificar cambios en sus sensaciones y sentimientos sin registrarlos como síntomas.

Hacerlo supone un aprendizaje cultural: las nosologías interpretativas las aporta el grupo social con el que convive, siendo importantes las interacciones tempranas madre-hijo en el contexto familiar, los mensajes que se transmiten a través de los medios masivos de comunicación, los modelos comunicacionales de identificación (Ngokwey 1995).

La investigación que venimos concretando sobre alexitimia y procesos psicosomáticos ha permitido reflexionar sobre esta imposibilidad de poner en palabras lo que se siente y su vinculación con:

a. Pautas específicas de socialización primaria relativas a los usos del lenguaje verbal;

b. Variables tales como el género y el nivel de educación formal alcanzado.

El "sentirse mal" aparece asociado con sensaciones de displacer intensas, prolongadas e inesperadas, desconocidas o recurrentes: dolores repentinos, hambre, angustia de separación, pérdida de afectos. Los grupos culturales difieren en el grado en el que enseñan a sus miembros a tolerar malestares físicos y soportarlos sin quejarse. También se diferencian en el tipo de lenguaje que prioritan como valioso en las interacciones madre-hijo: algunas verbalizan, otras apelan a contactos corporales intensos en los que las palabras están ausentes.

En muchos casos prevalece la acción por sobre las palabras y los contactos físicos.

Poder plantear un malestar como orgánico y/o psicológico implica formular una atribución de causalidad.

El sentirse mal es atribuido por el sujeto a causas diferentes: espíritus poseídos, daño, mala suerte, ojeadura, los nervios, la presión sanguínea, las experiencias conflictivas vividas en la infancia, la herencia, las dificul
tades en los vínculos psico-sociales, los problemas económicos.

Las investigaciones consultadas indican que en términos globales las personas admiten como psíquicas (nerviosas) las experiencias de malestar, insatisfacción o pena que no pueden ser explicadas en relación con factores biológicos o sobrenaturales.

Interesa en este trabajo poder analizar las que denominamos formas alexitímicas de manifestar malestares humanos.

En un interesante estudio sobre poder y violencia (Babcock, Waltz y col., 1993) en parejas donde aparece la violencia física, en especial del hombre hacia la mujer, encuentran que la misma revela pobres habilidades
para la comunicación verbal relacionada con cambios de comportamientos según género.

Guerra y col. (1995) estudian los comportamientos agresivos en niños de sectores marginales urbanos, encontrando que existe un aprendizaje social de "códigos de la acción" que actúan como mediadores entre las variables "bajo nivel de posición social" y "diferencias étnicas".

Investigaciones sobre las consecuencias patológicas en mujeres víctimas de violaciones sexuales (Kimerling y col., 1994) revelan que las mujeres se autoperciben con peor salud física; aparecen en especial síntomas ginecológicos y disfunciones sexuales.

Desde la psicoinmunología se afirma que las situaciones de estrés extremo aumentan la aparición de síntomas orgánicos. El malestar psicológico padecido lleva a interpretar las sensaciones corporales como indicadores de una enfermedad inminente. El poder brindarles "apoyo social" actúa como factor moderador, en la medida que facilita el hablar de lo que les ha sucedido con personas que pasaron por experiencias similares.

Es interesante mencionar algunos trabajos sobre ataques de pánico, dado que los sujetos que los experimentan en forma recurrente tienen una tendencia sistemática a interpretar de manera equivocada sensaciones corporales como indicadores de situaciones catastróficas; ello genera ansiedad, la que a su vez refuerza esas situaciones (Clark y col., 1997).

En sus estudios sobre trastornos en la alimentación utilizando la escala EDI-2 (Inventario de Desórdenes en la Alimentación), Garner (1990) incluye una subescala de alexitimia, variable que encuentra asociada con esa problemática.

Estudios realizados en Puerto Rico en pacientes mujeres con ataques de nervios (Guarnacia y col., 1996) revelan que esta patología se manifiesta esencialmente en términos de la pérdida del autocontrol, siendo importantes los síntomas emocionales, las sensaciones corporales que experimentan, así como los comportamientos en términos de acciones (agredir, no comer, insomnio) que se presentan. Los autores los interpretan en términos de "voces de resistencia" (no aguanto más) frente a las normativas vigentes que suponen una subordinación de la mujer a los deseos masculinos a la vez que como protestas frente a las transformaciones neocoloniales vigentes que ocasionan rupturas en el esquema familiar tradicional.

Cabe también mencionar estudios realizados en los Estados Unidos sobre suicidio y aculturación en población de origen mexicano (Ruiz, 1996).

Shweder (1988) propone diferenciar entre "formas en las que se expresa el sufrimiento humano" y las "ontologías causales que se utilizan para explicarlo".

Estas ontologías emplean modelos diferentes a los que denomina:

a. Biomédicos (patología orgánica, deterioro fisiológico, desequilibrio hormonal);

b. Morales (transgresión, pecado, karma);

c. Sociopolíticos (opresión, injusticia);

d. Interpersonales (envidia, odio, hechicería);

e. Psicológicos (deseos, pulsiones, conflictos, estilos de procesamiento de información).

Cuando nos referimos al sufrimiento humano aludimos a la experiencia subjetiva de estados de desvalorización, inseguridad, angustia, miedos, dolor.

Cada persona, como ya lo hemos dicho, percibe síntomas, los categoriza y los nombra articulando su propia experiencia de sentirse enfermo, y los expresa utilizando códigos diversos. A la vez, usa uno o varios modelos ontológicos para dar cuenta del origen de esos síntomas.

La experiencia clínica cotidiana revela que también el profesional de la salud, desde "su propio modelo explicativo", al que supone universalmente válido (ético), aborda la comprensión de los malestares y su tratamiento.

En términos generales puede decirse que los profesionales imponemos al paciente un tipo de modelo explicativo, negando, desvalorizando o ignorando el modelo que el propio paciente emplea en sus explicaciones personales en tanto actor social.

Es importante destacar que cuando se hace referencia a la sintomatología orgánica causada por factores psicológicos específicos o no específicos, se puede estar operando desde un lugar de extrema omnipotencia y dogmatismo.

El amplio territorio de la denominada "problemática psicosomática" ofrece una oportunidad peculiar para poner a prueba nuestro desconocimiento acerca de los padecimientos humanos en tanto construcciones sociales y culturales.

Las metáforas del cuerpo, son metáforas del cuerpo. El corporal es en sí mismo una forma de lenguaje.

Investigaciones recientes realizadas con miembros de culturas no occidentales (hindú, china,) así como con actores sociales del mundo occidental pertenecientes a grupos culturales no hegemónicos, miembros de sectas, campesinos italianos, trabajadores turcos, marroquíes, argelinos, sicilianos que trabajan en países del Centro o Norte de Europa, analizan el lenguaje del cuerpo como metáfora social.

Los investigadores no hacen referencia a somatizaciones o conversiones, sino a las "praxis del cuerpo" entendidas como una forma de lenguaje; el cuerpo individual expresa fundamentalmente las tensiones sociales y culturales que los sujetos afrontan en sus ámbitos de estudio, trabajo, de convivencia familiar.

Diversas formas de tales praxis corporales son muy frecuentes en contextos en los cuales los modos de comunicación verbal o intelectual son estigmatizados, por lo cual las personas necesitan poder desarrollar formas alternativas de expresarse.

En tales contextos, el síntoma corporal no puede ser leído desde un modelo clínico centrado en el discurso verbal, sino en términos de un fenómeno "casi natural".

Es necesario comprender que el contexto, lo psíquico y el cuerpo no pueden seguir siendo abordados en forma aislada como factores etiológicos de patologías diversas; no podemos seguir "patologizando" cualquier manifestación de somatización.

Numerosos sectores de la población utilizan las somatizaciones para poder "sentir y pensar con el cuerpo" en situaciones institucionales, laborales y comunitarias de alta tensión y vulnerabilidad, donde "hablar" pone en riesgo el mero hecho de estar vivos o expone a situaciones de marginación o expulsión.

Quienes estamos involucrados en tareas de exploración diagnóstica debemos ser capaces de entender que las somatizaciones, muchas veces, son manifestaciones micropolíticas de resistencia frente a formas hegemónicas de discursos y prácticas relacionadas con el ejercicio del poder.

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